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El género en el sentido más corriente es una categoría utilizada en varios campos del saber, con el fin de clasificar diferentes dominios (ejemplo: género gramatical o género literario). En las ciencias sociales, este término alude a las relaciones sociales de sexo y a la construcción social de la diferencia de sexos. Al sustituirse a categorías como sexo o diferencia sexual que se refieren al sexo biológico, el concepto de género recuerda que las diferencias entre los hombres y las mujeres, no más que los atributos de lo femenino y lo masculino, no se basan en la naturaleza, sino que están históricamente construidos y socialmente reproducidos por la socialización y la educación diferenciadas de los individuos, según el principio “no se nace mujer, sino que se llega a serlo” (de Beauvoir, 1949, 285).
El concepto de género ha sido elaborado, a principios del siglo XX, por los médicos encargados de las operaciones de reasignación de sexo frente al nacimiento de niños que presentaban una ambigüedad sexual, es decir, que tenían una determinación sexual que no permitía identificarlos como “macho” o “hembra”. John Money, médico estadounidense especialista en intersexualidad, constataba en ese entonces que “el comportamiento sexual o la orientación hacia el sexo masculino o el sexo femenino no tenía fundamento innato” (Money, 1952, citado par Dorlin, 2008, 34). Esta idea fue popularizada por el siquiatra Robert Stoller, quien propone distinguir sexo biológico e identidad sexual. Los estudios sobre la intersexualidad y la transexualidad ponen así de relieve la independencia de los comportamientos sexuados, de las identidades de género y de los comportamientos sexuales, de las estructuras anatómicas y cromosómicas. Estos trabajos fueron retomados en 1972 por Ann Oakley en Sex, Gender and Society [Sexo, Género y Sociedad], obra en la cual ella hace la distinción entre sexo y género, introduciendo así la noción en los estudios feministas. Le seguirán otras obras, entre las cuales las de Judith Butler, presentada como una de las teóricas del movimiento queer. En Gender Trouble, Feminism and the Politics of Subversion [El problema del género, el feminismo y la política de subversión] (1990), ella se plantea la inestabilidad de las identidades de género y su dimensión preformativa, especialmente a través de la figura de la drag queen. El género no es una esencia que se revela en nuestras prácticas, sino inversamente, nuestras prácticas corporales en la repetición instituyen el género. Éste es por lo tanto el efecto de las normas de género. Sin embargo, nada podría satisfacer enteramente a la norma, puesto que no existe original de lo masculino o de lo femenino. Ella sustituye a las preguntas “¿qué es un hombre?” o “¿qué es una mujer?”, por: “¿qué es lo que constituye o no una vida inteligible, y cómo los presupuestos sobre lo que es “normal” en materia de género y sexualidad predeterminan lo que cuenta para lo “humano” y lo “vivible”? […] ¿Por qué medios llegamos a ver este poder de demarcación, y por qué medios lo transformamos nosotros?” (Butler, 2008, 45).
En Francia, el término género no se impone inmediatamente; percibido como una importación anglófona, ha sido objeto de una recomendación de JO del 22 de julio de 2005 que lo recusa a favor de “sexo y sus derivados sexista y sexual” [lo cual constituye un contrasentido revelador del retraso francés y de la ausencia de conciencia de que el género es fundamentalmente “una primera forma de significar relaciones de poder” (Scott, 1988)]. Inversamente, algunas feministas materialistas denunciaron con la generalización del término género un ocultamiento del alcance crítico y político contenido en términos como “sexage” [determinación del sexo] o “clase de sexo”. Actualmente, el término es objeto de un amplio consenso en el seno de las ciencias sociales. Independientemente de esta elaboración conceptual, el desarrollo de una reflexión crítica y de una vasta producción pluridisciplinar centrada en el género es responsable de una antigua tradición feminista que se remonta al menos al siglo XVII y que se ocupó de denunciar la iniquidad de las diferencias de condición, de demostrar la igualdad de hombres y mujeres, de obtener progresivamente un reconocimiento legal de esta igualdad, incluso de subvertir el orden patriarcal y heteronormativo (Prearo, 2010). Denuncia de las relaciones de poder y combates deben ser leídos en su actualización, ya sea en términos de igualdad salarial, de representación política, de acceso al espacio público, de justa repartición de las tareas domésticas y de los tiempos sociales, de lucha contra la violencia hacia las mujeres, de reconocimiento de las sexualidades minoritarias o de afirmación de la libertad de disponer de su cuerpo (Maruani, 2005; Bereni et al., 2008). Los fundamentos de los estudios de género son por lo tanto a la vez constructivistas y políticamente comprometidos, lo cual no se contradice con la existencia de divisiones, de fuertes divergencias, de debates acalorados y de una pluralidad de feminismos.
La geografía francesa se ha apoderado recientemente del concepto de género, principalmente a través de la producción británica. De allí la idea muy extendida de que los Gender Studies [Estudios de género] serían “una especificidad del espacio académico angloamericano”, y el desconocimiento, por la misma razón, de los aportes de numerosas investigadoras francesas que, desde la década de 1980, han trabajado en el surgimiento de espacios interdisciplinares que permitían la producción y la difusión de trabajos relativos a las mujeres, luego al género y la sexualidad (Rouch, 2009 [2001]). Ahora bien, si estas cuestiones están luchando aún por encontrar un lugar legítimo en el seno de la disciplina, no es tanto porque no serían pertinentes en el espacio social francés, sino porque las resistencias sociales, disciplinares e institucionales son todavía fuertes (Perreau, 2008; Blidon, 2008). Éstas se apoyan en diferentes tipos de descalificación a priori; el género sería un “objeto sociológico”, “no espacial” y “no geográfico”, un objeto “a la moda”, un “objeto menor” y “exótico” que oculta “las verdaderas posturas de la sociedad” y “no permite que avancen los paradigmas de la geografía”. Lo inverso de esto muestran los trabajos realizados desde hace varios años (Creton, 2002 y 2004; Hancock y Barthe, 2005), trabajos que se pueden clasificar en tres grandes aproximaciones.
La primera consiste en analizar en qué produce el género diferenciación espacial. El espacio se considera entonces como sexuado. Se distinguen de este modo territorios o lugares masculinos (los submarinos, las fraternidades o los clubes ingleses, las casernas), femeninos (los conventos, las maternidades, los institutos de belleza) o mixtos (piscinas, escuelas, cafés, jardines públicos). (Bard, 2004). Si estos últimos son mayoritarios, Erving Goffman analiza esta copresencia como “un tipo de relación social bien particular, entre segregación e indiferenciación, donde las mujeres y los hombres están juntos y separados […]. Y todo esto en nombre de la delicadeza, de la civilización, del respeto debido a las mujeres o de la necesidad “natural” de los hombres de encontrarse entre ellos” (2002, 36). Esta grilla de lectura fue aplicada principalmente a las movilidades cotidianas (Díaz et al., 2004) o a las migraciones internacionales (Catarino C. et al., 2005), a las cuestiones de desarrollo (Marius-Gnanou K., Hofmann E., 2006) o a la ciudad encarada desde el punto de vista de las prácticas de las mujeres (Denèfle, 2004), más ocasionalmente y más recientemente de las prácticas de los hombres (Proth, 2002; Raibaud, 2006).
Una segunda aproximación consiste en analizar en qué participa el espacio de la diferenciación de género y de la construcción de las identidades masculinas y femeninas. El espacio es entonces considerado como diferenciador de género. De este modo, los baños públicos conducen a distinguir a los usuarios según su sexo apoyándose en un argumento biológico duplicado por un imperativo de pudor e intimidad. Este uso diferenciado es objeto de una socialización precoz desde el jardín de infantes. Esta grilla de lectura se aplica también a la apropiación y la repartición de los espacios domésticos (Collignon, Staszak, 2004), a los usos de las playas y a la puesta en escena corporal balnearia (Barthe-Deloizy, 2003) o a la vulnerabilidad de las mujeres en los espacios públicos (Lieber, 2008). Este último aspecto muestra además que los “riesgos evidentes” que corren las mujeres cuando se desplazan en el espacio público no son consecuencia de su pertenencia sexual, sino que participan de la producción de esta pertenencia” (Lieber, 2008, 16).
Finalmente, el género no es solamente una organización social entre los sexos, es también un sistema significante que estructura las categorías de pensamiento en grandes oposiciones simbólicas (sensibilidad/racionalidad, debilidad/fuerza, concreto/abstracto). Una última aproximación, feminista, consiste por lo tanto en interrogar los fundamentos mismos del saber y las condiciones de su elaboración en ciencias humanas (Chabaud-Rychter et ali, 2010) y en particular en geografía (Bondi y Domosh, 1992; Massey, 1994). Esto pasa por la afirmación de un punto de vista determinado y la crítica de la figura del investigador neutro y objetivo que produce una ciencia universal y sobresaliente. De este modo, Claire Hancock califica a la geografía centrada en el «territorio» de “disciplina masculinista”, recordando que la “construcción del sujeto racional de las Luces ha tomado una cara particular en geografía, que se impuso como tarea la descripción exhaustiva del mundo, de una forma en que la convirtió en cómplice del eurocentrismo y del colonialismo: la geografía, ciencia de la conquista y de la apropiación del espacio, estaba marcada en su concepción misma por un ángulo sexuado” (2004, 168). Otros trabajos plantean la construcción de los discursos y las prácticas de terreno, especialmente la construcción de valores masculinos que se les asocian, como la fuerza física o la resistencia de los geógrafos físicos (Jegou y Chabrol, 2010). Sin embargo, las investigaciones actuales tienden a alterar esta repartición y a integrar el género como una categoría de análisis entre otras, en el mismo título que la edad, la clase o el origen según términos intersectoriales o de coformación (Bacchetta, 2009). Esta aproximación participa de una trivialización de la noción, o más precisamente de su progresiva legitimación y reconocimiento en el seno de la disciplina, y por lo mismo de una mejor comprensión de las relaciones de poder que atraviesan nuestras sociedades y estructuran nuestras representaciones del mundo.

Marianne Blidon

Marianne Blidon

Referencias bibliográficas

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