Palabras clave

Mundialización

 
Envoyer l'article par mail
De la part de :  :
(entrez votre nom)

Destinataire  :
(entrez l'email du destinataire)


afficher une version imprimable de cet article  Imprimer l'article
générer une version PDF de cet article Article au format PDF

La mundialización es el proceso geográfico de creación del nivel geográfico mundial: el «Mundo» con mayúscula. De hecho, “mundialización” es un término frecuentemente utilizado para designar ese nivel más elevado de la escala geográfica. En esta entrada, “mundialización” sólo será entendido en el sentido estricto de proceso.
La palabra data de 1964, mientras que el término inglés “globalization” se remonta a un artículo del Spectator de 1962 (Dagorn, 1999). Pero solamente a comienzos de la década de 1980 esas dos palabras pasan al dominio público (“Mundialización” está en el [diccionario] Petit Larousse recién en 1981). Es común utilizar ambos términos como sinónimos, aunque “globalización” puede ser considerada como un anglicismo. Ocurre sin embargo a veces que este último término toma otros sentidos, permitiendo precisar ciertos aspectos de la mundialización. El más corriente, cuando se considera la mundialización como un proceso a largo plazo, es hablar de globalización para caracterizar la última etapa, la de la mundialización financiera que se desarrolla a fines del siglo XX (Ghorra-Gobin, 2006). Otro sentido remite a un uso bastante literal de la palabra: la globalización involucra los aspectos de la mundialización que interfieren con el globo terrestre, con la dinámica natural de nuestro planeta modificado por la aceleración de las actividades humanas que representan justamente ese peso creciente del Mundo (Carroué, 2006). En resumen, es prudente evitar hablar de globalización, si no se precisa la significación dada al término. Estas pocas observaciones léxicas muestran que efectivamente la toma de conciencia de la importancia del nivel mundial alrededor de 1980 se debe a modificaciones profundas del sistema Mundo que se producen entonces (obsolescencia de la bipolaridad mundial, emergencia de una centralidad en Asia Pacífica y cierre del Mundo en sí mismo, aceleración de las transformaciones técnicas que reducen fuertemente las distancias en las comunicaciones…). Junto con esa expansión (que se puede interpretar simultáneamente como un estrechamiento) y la descentralización del horizonte geográfico se da una modificación igualmente profunda de la perspectiva histórica: la desaparición de la idea de Progreso, de visiones orientadas de la Historia, ampliamente heredadas de las Luces del siglo XVIII europeo. Ahora bien, hasta la década de 1970, el desarrollo del nivel mundial, en marcha desde el siglo XVI, era en gran medida sinónimo de occidentalización. Se puede por lo tanto considerar la toma de conciencia que marca la omnipresencia de la palabra “mundialización” como el resultado y el punto final de un proceso multisecular que conduce a una forma bien específica de nivel mundial, que era inevitable y cuyos rasgos heredados, fuertemente esculpidos por Europa, son a pesar de todo organizadores perdurables del Mundo del siglo XXI. Por ello es importante poner en perspectiva las herencias con las que se teje la mundialización contemporánea, volver sobre el tiempo largo del Mundo.
La construcción del Mundo comienza con la expansión de la humanidad en la mayor parte de las tierras emergidas, en particular en América y Australia. Anteriormente las formas precedentes de la especie humana permanecían en la cuna africana y en Eurasia. Por el hecho de que la transformación del agua en hielo era cada vez más importante en cada período glaciar, el nivel marino no había descendido jamás tan abajo como hace algunas decenas de millares de años. Esta restricción de la difusión de la especie hasta un período muy reciente explica que no hubiera sobre la Tierra varias especies humanas distintas, lo que habría dado ciertamente otra mundialización. Pero lo que había abierto nuevos territorios a los hombres, los efectos de las variaciones climáticas, contribuyó igualmente a separarlos. El aumento del nivel del mar, hace alrededor de diecisiete mil años, aisló las tierras y las sociedades que se habían construido allí. Con la última trasgresión, las historias de América o de Australia se dan en tiempos divergentes para los hombres, como ya había sucedido para la fauna y la flora.
Se puede considerar de este modo la expansión europea, que comienza en el siglo XV, como el inicio de un proceso decisivo donde las lógicas de acercamiento prevalecen sobre las de alejamiento. Pero esta difusión, si bien genera innovaciones profundas, prolonga asimismo los circuitos de intercambio que irrigaban el Mundo Antiguo desde el paleolítico superior y que desde entonces no cesaban de ramificarse, de reforzarse. Se puede hablar, en este nivel, de una “antigua mundialización”. La diferencia fundamental con el proceso que duró cinco siglos se desprende de su carácter continental. Las rutas del Mundo Antiguo pasaban por los espacios abiertos, las estepas, en el centro de las tierras: es el haz que se denomina la Ruta de la Seda; ellas aprovechaban igualmente el espacio marino, pero sin alejarse mucho de las costas, por cabotaje o atravesando mares litorales (la Ruta de las Especias). Por otra parte, los europeos del siglo XV sólo buscaban inicialmente encontrar una variante de esas vías que les permitiera acceder a los productos exóticos deseados. Esa primera versión muy antigua de la mundialización conoció sin duda su punto de inflexión cuando, en el siglo XIII, lo que era sólo un circuito de intercambio -ciertamente cada vez más activo-, se convirtió durante un tiempo en un organismo político. El Imperio Mongol, del Mar del Japón a Polonia, de Siberia a Siria, no inventa ninguna vía nueva, sino que transforma durante casi un siglo en espacio militar y social lo que no era más que una red mercante. Por la misma razón, ofrece un entorno seguro que permite que exploten los intercambios: es la época de Marco Polo. Esas interacciones permiten difusiones mucho más masivas que antes (los europeos descubren técnicas orientales como la pólvora o el papel moneda), comprendido aquí lo que ellos no deseaban. La peste negra del siglo XIV, derivada de una epidemia latente en un pequeño valle de Asia central, sólo afectó al oeste del Mundo Antiguo; ella masacró igualmente (y vacunó) a toda Eurasia. El sida es el último avatar de numerosas pandemias mundiales.
En la actualidad, este proceso de construcción del Mundo nos parece inevitable, incluso necesario. Sin embargo, esa perseverancia europea durante varios siglos, ese esfuerzo, durante largo tiempo, por controlar distancias gigantescas y dominar pueblos lejanos, más bien nos deberían asombrar. Una aventura simétrica en el Mundo Antiguo se había perfilado a principios del siglo XV. De 1405 à 1433, las flotas chinas del almirante Zheng He atravesaron el océano Índico, fueron hasta Mozambique, tal vez más lejos. Los europeos, que se lanzaban al mar casi en el mismo momento, intentaban encontrar el acceso a bienes de origen lejano que no podían producir en sus tierras: las especias. Esa búsqueda de productos generalmente tropicales, de los cuales el azúcar fue el más importante, tuvo como consecuencia dividir a término el Mundo entre el «Norte» y el «Sur.» Contrariamente a lo que durante largo tiempo afirmó una vulgata escolar, las regiones templadas no son las mejor predispuestas al desarrollo de la civilización. Pero para malestar de muchas regiones intertropicales, Europa es exclusivamente templada. Los europeos organizaban por lo tanto plantaciones en los lugares tropicales más fáciles de controlar y de unir con Europa -primero las Antillas-, y además modificaron con sus compras las estructuras de las sociedades que comerciaban con ellos. El comercio del té en el siglo XVIII y en la primera mitad del siglo XIX representa un buen ejemplo. El té se producía entonces exclusivamente en China, y los europeos que comenzaron a beberlo -los ingleses en primer lugar-, lo compraban con dinero proveniente de las minas de América. Ellos colocaban en esta bebida azúcar antillano cultivado por esclavos de origen africano. Otros productos podrían haber representado ejemplos comparables de la mundialización: el chocolate y el café, el índigo, la pimienta… Por consiguiente, esta antigua mundialización había modificado ya profundamente la vida cotidiana de muchos hombres. Ése fue ante todo el caso de Europa, que se enriquecía primero lentamente, después cada vez más rápidamente, a partir del siglo XVIII. Ése fue también, en su detrimento, el caso de muchas regiones del resto del Mundo: los pueblos sometidos a la explotación colonial en primer lugar, y más particularmente aquellos que fueron transformados en mercancía para servir a este esfuerzo. De un modo más discreto, las relaciones mundiales contribuyeron también a difundir por todos lados plantas y animales. Desde el siglo XVI, el maíz fue introducido en Europa y la mandioca en África. El aspecto más terrible fue la mundialización de las enfermedades: las grandes epidemias que masacraron a los amerindios, primero brutalmente en el siglo XVI (algunos historiadores consideran que muere 80% de la población en los Andes), después más lentamente.

Un episodio inicialmente muy local a escala del Mundo Antiguo, el hambre de especias en una sociedad atrapada en un cabo marginal y templado, desembocó finalmente en un doble proceso simétrico: la génesis del subdesarrollo y el enriquecimiento de Europa occidental, germen de la Revolución Industrial.
La consecuencia principal del «desarrollo» cada vez más vigorosa en este nivel mundial fue el enriquecimiento de la sociedad que lo construyó, primero para su beneficio. Esa acumulación localizada representa el abono sobre el cual se desarrolló un cambio cualitativo mayor, la producción de masa. La industrialización de Europa, después la de algunas de esas prolongaciones, como Estados Unidos, los dota de medios técnicos y humanos sin medida común con aquellos de la mundialización primitiva. La transición demográfica que hizo pasar a la población europea de una centena de millones de personas a comienzos del siglo XVIII a más de cuatrocientos millones dos siglos más tarde, permitió a 80 millones más poblar los “países nuevos” (América del Norte, cono sur de América meridional, Australia y Nueva Zelanda…). Dichos medios nuevos representaban un avance considerable sobre las otras sociedades y permitieron dominarlas más o menos abiertamente. De esa mundialización europea perduran hoy en día rasgos esenciales a la vez locales y mundiales: la «difusión» de las lenguas en Europa, la generalización de los modos de vida “a la europea” (indumentaria, alimentación, deportes, estructuras escolares, modos de pensar…) hacen que haya habido una tendencia a confundir europeización y universalización. La dinámica económica impulsada por Europa rompió las barreras que se oponían a la generalización de los intercambios. El siglo XIX fue la época de la “Gran transformación”, la ejecución del primer liberalismo económico hasta entonces teorizado. De este modo se pudo decir que, a comienzos del siglo XX, los intercambios mundiales eran proporcionalmente más importantes que a fines de éste. En un mundo en el que los intercambios internacionales se efectuaban con algunas divisas aseguradas sobre el oro, donde los pasaportes casi no existían, la mundialización era efectivamente muy legible, al menos para una pequeña minoría.
Pero esta dinámica a favor de un solo lugar del Mundo -el que la construyó- se fue apagando desde fines del siglo XIX bajo un doble cuestionamiento: rivalidades internas en Europa y surgimiento de competencias. Copias de Europa, en particular Estados Unidos, se beneficiaban por su tamaño importando rápidamente los activos europeos, para comenzar con la mano de obra y los capitales. Sociedades a la vez relativamente preservadas de la dominación colonial por el hecho de su alejamiento y que presentaban similitudes estructurales con el “Viejo Continente” pudieron seguir su camino, Japón en primer lugar. El policentrismo mundial comenzaba. Al mismo tiempo, Europa, segura de sí misma y dominadora, se sumergió de 1914 a 1945 en un largo período de guerras internas que por su posición se denominaron “mundiales”. De este modo, se ha considerado el “corto siglo XX” (1914-1989) como un período en el que la mundialización marcó relativamente el paso. El retroceso es incluso absoluto, no solamente durante los conflictos mundiales, sino también en el período de “Entre las dos Guerras”: la fragmentación monetaria y económica dividió al mundo según lógicas de bloques antagónicos. Más aún, la aparición, en 1917, de un antimundo, de un proyecto rival (la Unión Soviética en su nombre no hace referencia incluso a ningún topónimo para manifestar su vocación de expandirse por toda la Tierra), produjo un corte más duradero. Ciertamente, el proyecto de una revolución mundial se agotó rápidamente; el futuro mejor que prometía otro Mundo pronto se trasladó a un horizonte lejano. Pero las sociedades fueron tomadas entonces en una bipolaridad que dejaba poco margen de acción a un Mundo que deseaba ser “Tercero”. Este sistema de oposición se desvanece progresivamente bajo la forma de Coexistencia Pacífica. En la década de 1970 el retraso del crecimiento de los países capitalistas dio un breve respiro al mundo comunista. Dicha oposición frontal durante varios decenios tuvo como efecto enmascarar el proceso de mundialización que sin embargo perseveraba. Se comprende tanto mejor que la mundialización haya aparecido como una evidencia cuando desapareció la Unión Soviética.

Ver también: «Centro/periferia»
Christian Grataloup

Christian Grataloup

Referencias:

- Laurent Carroué (dir.), La mondialisation, Sedes, 2006.
- René-Eric Dagorn, « Une brève histoire du mot ‘mondialisation’ », in: Gemdev, Mondialisation. Les mots et les choses, Karthala, 1999.
- Christian Grataloup, Géohistoire de la mondialisation. Le temps long du Monde, Armand Colin, colección U, 2007.
- Cynthia Ghorra-Gobin, Dictionnaire des mondialisations, Armand Colin, colección U, 2006.
- Jean-Louis Margolin, « Mondialisation et histoire : une esquisse », in: Gemdev, Mondialisation. Les mots et les choses, Karthala, 1999.