Exploración
La exploración consiste en recorrer un espacio desconocido con el fin de recabar información diversa (de carácter científico, económico, político o etnográfico, por ejemplo) para ponerla en valor y, como “descubrimiento territorial”, recontextualizarla históricamente. Esta actividad, que particularmente sigue siendo tomada de la cultura popular, desde las novelas de Julio Verne hasta el cine reciente (The Lost City of Z, 2016), estuvo estrechamente asociada al siglo XIX. En efecto, durante ese siglo de oro se forja en el imaginario la figura del explorador, héroe curioso, intrépido, occidental y viril –figura mítica que aún hoy hace soñar e inspira nuevas prácticas-.
¿Significa esto que la actividad exploratoria no se practicaba antes del siglo XIX? Que, por ejemplo, el movimiento denominado “Grandes Descubrimientos”, que inauguró el período moderno, ¿no correspondía a una empresa de exploración del mundo? Por supuesto, la definición maximalista de la exploración dada en preámbulo sugeriría que se trata de una práctica inherente a las actividades humanas, en cuanto implica desplazarse y apropiarse de un nuevo espacio. En este sentido, además, la exploración estaría estrechamente ligada a la geografía, ya que el conocimiento geográfico se deriva de esta actividad.
Sin embargo, la noción de exploración recién surgió realmente a fines del siglo XVIII. Pero quizás este vínculo entre geografía y exploración permite explicar este significado más limitado y situado del término. De hecho, nuevas prácticas y nuevas representaciones basadas en la actividad exploratoria, aunque a priori universal y atemporal, comenzaron a estructurarse en los albores del siglo XIX -es decir, precisamente en el momento en que la geografía se organizaba como disciplina-.
Del reconocimiento militar al descubrimiento académico: genealogía de un concepto
En una obra colectiva reciente titulada L’exploration du monde [La exploración del mundo] (2019), lo que pretende ser “otra historia de los Grandes Descubrimientos” comienza en el siglo VII: en efecto, sin contar los bien conocidos Cristóbal Colón, Vasco de Gama y Magallanes, muchos aventureros, comerciantes, diplomáticos y otras curiosas personas anónimas partieron a través del mundo y regresaron con descripciones académicas –desde el monje Xuanzang que inspeccionó, en 645, la China y el valle del Ganges siguiendo los pasos de Buda, hasta las expediciones de Zeng He al océano Índico en el siglo XV, pasando por los viajes de Al-Idrisi en el siglo XII, de Marco Polo a fines del siglo XIII, o de Ibn Battuta en el siglo XIV- (Bertrand et al., 2019). Y sin duda sería posible incluso enumerar otros ejemplos de exploraciones de la Antigüedad, con viajeros que traían consigo conocimientos geográficos. Sin embargo, y éste es un punto que suscitó dudas durante el desarrollo del proyecto de esta obra colectiva, el uso del término “exploración” es más bien anacrónico aquí: no existía en aquella época, y esos viajeros que llamamos hoy “exploradores” no se consideraban a sí mismos como tales, ni utilizaban otra categoría para definir sus actividades. Ciertamente, todos ellos compartían haber viajado hacia áreas lejanas para recabar informaciones diversas que permitieron descubrir nuevas regiones del mundo, hasta ese momento desconocidas por su cultura de origen, lo cual autoriza, a falta de un término mejor y por extensión, a calificarlos como viajes de exploración.
De hecho, el concepto “exploración” sólo aparece tardíamente en los diccionarios del período moderno. Marie-Noëlle Bourguet (1996) señala que la definición de “explorador” no figura en el Dictionnaire de Furetière [Diccionario de Hurón] en 1690 o en el Dictionnaire de l’Académie française de 1694, y que se propone por primera vez sólo en la edición de 1718: “El que va, el que es enviado a descubrir una comarca para conocer su extensión, la situación, etc.”. Además, M.-N. Bourguet demuestra que la aparición de esta acepción de exploración permanece durante mucho tiempo desfasada con respecto al uso corriente del término en el francés escrito. En efecto, en latín clásico, el explorator designa a un explorador del ejército romano, y este sentido militar original se impone cuando el término reaparece en la lengua francesa en el siglo XV: el “explorateur” era un explorador, un espía, alguien que partía en misión de reconocimiento a un territorio enemigo. Recién durante el siglo XVIII surgió un nuevo significado, que dejaba de lado el contexto puramente militar y se refería más al registro científico y geográfico: en la década de 1765, el vocabulario médico aludía a la “exploración de una herida”; sobre todo en 1787, Jean-François de Lapérouse dijo que quería “explorar las costas” de Japón y la Tartaria –un término que también apareció al mismo tiempo a fines del siglo XVIII en autores anglófonos (to explore), como en Thomas Jefferson en 1793-. Desde entonces, la exploración consistió menos en el reconocimiento militar de un territorio enemigo que en el descubrimiento de comarcas y poblaciones desconocidas -pero siempre consideradas como posiblemente hostiles-. A este respecto, M.-N. Bourguet señala que el sentido de este término se mantiene en definitiva próximo a su connotación bélica original, e incluso a su ambición de conquista: si bien cuando se trata de exploración, el objetivo ya no es verdaderamente partir en reconocimiento de un objetivo militar, político y geoestratégico, hay al menos siempre una idea de conquista de orden epistemológico e intelectual –puesto que tiende a la expansión de los conocimientos geográficos-.
Ahora bien, el surgimiento de este nuevo significado coincidió, a fines del siglo XVIII, con el nuevo impulso que experimentaba la comunidad científica occidental en su deseo de conocer el mundo –y que vio gradualmente la estructuración de la geografía como disciplina-. Legado del espíritu de la Ilustración, este deseo se inspiró en particular en las grandes circunnavegaciones del siglo XVIII de Lapérouse y otros, como James Cook y Louis-Antoine de Bougainville, que permitieron delimitar mejor los océanos en la superficie terrestre: como consecuencia de esto, las miradas se dirigieron desde entonces hacia el interior de los continentes –como Alexander von Humboldt, que partió hacia los Andes a principios del siglo XIX, y soñaba con explorar las cordilleras del Himalaya para comprender mejor la organización del continente asiático-.
Para llevar a cabo esta gran empresa colectiva, los científicos occidentales se organizaron progresivamente y fundaron sociedades para ordenar el movimiento de exploración: la Asociación Africana de Londres en 1788 (porque el interior del continente africano se consideraba como una empresa de gran envergadura) surgió como preludio a las instituciones académicas más generales que son las sociedades de geografía, comenzando por las de París en 1821, Berlín en 1828 y Londres en 1830. A lo largo del siglo XIX, tales instituciones proliferaron y se multiplicaron, hasta abarcar todo el continente europeo (Laboulais, 2004; Blais y Laboulais, 2006; Schröder, 2011; Péaud, 2016; Surun, 2018). Con esta creciente institucionalización, el movimiento de exploración ganó poder, no sin experimentar cierto grado de nacionalización e incluso politización: a finales del siglo XIX, la exploración se consideraba cada vez más como necesaria para la apropiación, no sólo cognitiva, sino también económica y política de los territorios explorados, y desempeñaba un papel importante en la locura imperial y colonial (Lejeune, 1993; Godlewska y Smith, 1994).
La exploración, ¿una práctica heroica?
De este modo, se comenzó a priorizar la exploración sobre la geografía de oficina, en boga hasta mediados del siglo XIX: el científico sedentario, que recopilaba y sintetizaba la información recogida por otros en Europa, cede ahora su lugar a la figura del explorador, que procede a observar el mundo desconocido in situ y sin intermediarios (Cox, 2016). También se tiende a degradar el conocimiento vernáculo, que antes era más considerado por los geógrafos de oficina, pero que ahora se borra o se relega con mayor facilidad a un segundo plano tras las observaciones comunicadas por el explorador. Por supuesto, este último recurre regularmente a informantes locales para llevar a cabo su expedición –tanto para orientarse como para garantizar su seguridad-. Pero como estaban equipados con instrumentos de medición y moldeados por la cultura occidental, los estudiosos de las sociedades geográficas consideraban que estaban en mejores condiciones que los demás para aprehender la realidad de modo racional y presentarla de manera inteligible. La exploración, tal como se desarrollaba en el siglo XIX, fue por lo tanto ante todo obra de hombres occidentales, dotados de cierto capital económico, social y cultural. Y se convirtió en una aventura gloriosa y célebre, con su panteón de héroes de los tiempos modernos (David Livingstone, Henry Morton Stanley, Percy Fawcett…) que, por su valentía, su intrepidez y curiosidad, revelaron a la humanidad los espacios que exploraban –como celebró Rudyard Kipling en su poema de 1898 [recuadro: poema].
En este sentido, la exploración está estrechamente asociada a la noción de frente pionero, ya que implica superar los límites del conocimiento humano. Y dado que los exploradores viajaban a comarcas lejanas, habitadas por sociedades hostiles y animales salvajes, sometidas a condiciones climáticas difíciles, también debían superarse física y moralmente. Así se forjó, en la segunda mitad del siglo XX, una leyenda dorada en torno a la exploración como práctica heroica por excelencia, que alimentaba desde entonces todo un mito en la cultura popular. En cambio, el turismo incipiente aparecía como una actividad ciertamente heredada de la exploración, pero esencialmente desprovista de todo carácter aventurero, y por lo tanto más vulgar: los turistas se movían en espacios antiguamente explorados, pero en adelante apropiados y valorizados. Además, a medida que los turistas se multiplican en el siglo XX allí donde los exploradores los precedieron, el movimiento exploratorio tuvo que encontrar nuevos frentes pioneros: los fondos marinos o el espacio extraterrestre, por ejemplo. En este sentido, el urbex [exploración urbana] (por el inglés urban exploration) se impone desde principios del siglo XXI como un renacimiento y una variante urbana de la práctica –en un entorno ciertamente ya antropizado, pero abandonado y a menudo prohibido, donde el explorador urbano avanza, por lo tanto, por su cuenta y riesgo- (Le Gallou, 2018; Le Gallou, 2021; Offenstadt, 2022).
Sin embargo, si bien esta sed de aventura popularizó la exploración para el gran público, también tendió a descalificarla dentro de la comunidad científica, en contraste con disciplinas académicas, como la geografía o la antropología, vistas como más nobles, por ser más serias y más modestas. “Odio los viajes y a los exploradores”, afirma Claude Lévi-Strauss al comienzo de Tristes Tropiques (1955), denigrando lo que él considera la esencia misma de la exploración, a saber, esa vana aspiración al heroísmo [recuadro: cita de Lévi-Strauss].
La historiografía de la exploración: un proceso de deconstrucción
Sobre todo, contrariamente a la leyenda dorada del hombre blanco que, solo, habría avanzado hacia una naturaleza hostil y salvaje para revelarla a la humanidad y traer la civilización, la historiografía se esfuerza ahora por ofrecer una historia menos triunfalista y más crítica de la exploración. La idea de que la exploración permitió “descubrir” o “desvelar” el mundo, y “rellenar los espacios en blanco del mapa”, ya es ampliamente criticada, pues presupone (erróneamente) que las tierras exploradas en el siglo XIX eran vírgenes de toda antropización –e Isabel Surun demostró con gran claridad, por otra parte, que los “espacios en blanco del mapa” son, de hecho, una técnica de representación cartográfica heredada de fines del siglo XVIII, que denigra cierto tipo de conocimientos que los europeos ya poseían- (Surun, 2018).
Además, desde finales del siglo XX, la historiografía se ha esforzado por demostrar que los exploradores europeos no habrían podido jamás emprender tales expediciones sin el papel esencial de los “compañeros oscuros” (según la traducción, propuesta en 2005 por Jean-Pierre Chrétien, del concepto de dark companions, acuñado en 1975 por Donald Herbert Simpson), que participaban en expediciones que algunas veces incluían a varios centenares de no europeos (Driver y Jones, 2009). Esto plantea desde entonces la cuestión de la identidad del explorador, que se redefine constantemente: lejos de referirse únicamente a la figura del líder occidental, el término “explorador” tiende cada vez más a aplicarse a todos los miembros de una expedición (ya sean auxiliares o sirvientes europeos, o guías, porteadores, soldados, cocineros o intérpretes no occidentales), así como a figuras no occidentales (como el imán egipcio Rifa At-Tahtawi, que exploró París a fines de la década de 1820). Del mismo modo, explorar se conjuga cada vez más en femenino: los gender studies [estudios de género] destacan la presencia de mujeres en la exploración, al tiempo que cuestionan la particularidad de su papel y su estatus (Blais y Loiseaux, 2022).
En cuanto a las exploradoras, numerosos trabajos han demostrado que éstas prestan más atención que los hombres a la condición femenina en las comarcas que exploran, otorgando una mirada especial a las mujeres indígenas, al matrimonio (en particular, el polígamo) o a la vida familiar. Con respecto a las prácticas, esos mismos estudios demostraron que las exploradoras no siempre se ven limitadas de la misma manera que sus homólogos masculinos: si tienen una visión particular de las mujeres y la familia, es porque tienen un acceso más fácil a la esfera privada, y en particular a la femenina;
por otro lado, su condición puede exponerlas a mayores peligros, sobre todo cuando están solas, o impedirles el acceso a ciertos lugares –por ello, algunas se disfrazan de hombres para garantizar su seguridad, como Jeanne Barret durante la expedición de Bougainville (1766-1769) o Isabelle Eberhardt en Argelia (1899-1901) o como Alexandra David-Néel en 1924, que entra a la ciudad de Lhassa en el Tibet, de otro modo vedada a las mujeres-. No obstante, el género no determina todo: esas viajeras están también imbuidas de estereotipos sobre las sociedades no occidentales, y contribuyeron en gran medida a producir un discurso sobre el mundo teñido de imperialismo (Boulain, 2012; Blais, 2019; Calafat, 2019; Blais y Loiseaux, 2022).
El último campo de investigación que se explora, bajo la influencia del animal turn [giro animal], es el papel de los animales en la exploración, considerados ahora en la historiografía como los “actantes”, en el sentido del término según Latour (ya que también tienen capacidad de acción durante la expedición). Ya se trate de bestias de carga que acompañan a los exploradores, o de animales salvajes que pueden atacar a las caravanas, es decir, ya sean auxiliares o, por el contrario, adversarios en el desarrollo de las expediciones, los animales se consideran cada vez más como verdaderos sujetos del movimiento de exploración (Baratay, 2012; Pouillard, 2019).
Con el mismo objetivo de comprender más concretamente la exploración, la historia social y cultural también busca recuperar las modalidades prácticas de la actividad exploratoria –desde sus preparativos (motivaciones, organización logística, apoyo institucional y estatal) hasta la difusión de sus resultados, incluyendo, por supuesto, el trabajo de campo-. La exploración se aprehende cada vez más a través del prisma de la cultura material, con un marcado interés por las correspondencias, los cuadernos de notas, los croquis, los mapas y otros objetos (instrumentos, indumentaria, etc.) que, como complemento de los relatos de viajes publicados al regreso de las expediciones, proporcionan información muy detallada sobre la vida cotidiana de una expedición y la consiguiente producción de conocimientos (Driver, 2001; Bourguet, 2018; Blais y Loiseaux, 2022).
Más allá del mero desarrollo de la expedición, una cuestión que afecta tanto a las motivaciones como a los resultados de la exploración preocupa especialmente a la historiografía: la del vínculo entre exploración y colonización, ya que esta última se considera algunas veces como la consecuencia evidente e incluso necesaria de la primera, aunque algunos invitan a no establecer sistemáticamente un vínculo causal unívoco; de hecho, a veces la colonización precede a la exploración, como en el caso de Argelia (Blais, 2014), y no todos los exploradores son, ni mucho menos, agentes coloniales en el momento de emprender una expedición (Surun, 2006). Sin embargo, las investigaciones inspiradas en los estudios poscoloniales demostraron también que la exploración a menudo conduce a plantear una visión occidental del mundo, y que esta empresa de conocimiento es ya una forma de apropiación del mundo –sobre todo porque la mayoría de las veces implica la imposición de una nueva toponimia, que es el marcador del dominio occidental sobre la cultura mundial (Pratt, 1992)-.
En definitiva, tras su apariencia atemporal y universal, la exploración es, en última instancia, una noción que debe comprenderse imperativamente desde la evolución histórica –tanto para comprender las modalidades y representaciones que se derivan de ella, y que están situadas geográfica e históricamente, como para revelar las múltiples caras que se esconden tras la práctica idealizada y mitificada, tal como se describe en las novelas de Julio Verne-.
Delphine Froment
Recuadros:
- “L’explorateur” [“El explorador”], Rudyard Kipling, 1898 (extracto):
“No tiene sentido seguir adelante –aquí se termina el cultivo- “
Es lo que ellos decían, y yo lo creí –yo desbrocé mi tierra y sembré mi cosecha-
Construí mis graneros y levanté mis cercas en la pequeña estación fronteriza
Enclavada lejos, al pie de las colinas, donde terminan las vías
Hasta que una voz, tan astuta como la Conciencia, resuena en infinitas variaciones
En un Susurro eterno repetido día y noche –diciendo así:
“Algo está oculto. Ve y encuéntralo. Ve y mira detrás de las Cadenas-
Algo se ha perdido tras las Cadenas. Perdido, y sólo te espera a ti. ¡Ve!”
- Claude Lévi-Strauss, Tristes tropiques [Tristes trópicos], París, 1955, p. 11:
“La aventura no tiene cabida en la profesión de etnógrafo; es solamente una servidumbre que lastra el trabajo eficaz con el peso de las semanas o de los meses perdidos por el camino; las horas de ocio mientras el informador se escabulle; el hambre, el cansancio, a veces la enfermedad; y siempre, esos mil quehaceres que consumen los días en pura pérdida y reducen la vida peligrosa en el corazón de la selva virgen a una imitación del servicio militar… Que se requieran tantos esfuerzos y gastos inútiles para alcanzar el objetivo de nuestros estudios no desvirtúa en absoluto lo que habría que considerar más bien como el aspecto negativo de nuestra profesión. Las verdades que buscamos tan lejos sólo tienen valor una vez despojadas de esta ganga.

