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IBN KHALDÛN

 
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IBN KHALDÛN (Túnez, 27 de mayo 1332 – El Cairo, 17 de marzo 1406)
El gran medievalista Eduard Perroy, en su libro Le Moyen-âge [La Edad Media] (P.U.F., 1955), llama “los tiempos difíciles” a los capítulos consagrados al siglo XIV. Difíciles para la Europa cristiana (guerra de los Cien Años, hambres, peste), esos tiempos también lo fueron para el mundo musulmán; el sueño de la unidad del Islam ya ha muerto, y el imperio creado por Mohammed y sus sucesores está fragmentado en una multitud de principados, de califatos rivales; la peste extiende también allí sus estragos; el reflujo se inicia ampliamente; la reconquista está en pleno apogeo, y al este, la supremacía árabe está erosionada por el irresistible avance de los turcos. Ciertamente, ellos amplían el espacio musulmán, pero en detrimento del poderío árabe. En este ambiente sombrío –que marcó profundamente su obra- ‘Abd er-Rhamân Ibn Khaldûn escribe lo que seguramente es una de las obras más importantes jamás escritas en lengua árabe, y también un pilar de la literatura universal. Ibn Kaldûn es descendiente de una familia de la alta aristocracia musulmana en España, que pasó a Ifriqiya como resultado de los progresos de la reconquista y que ocupó frecuentemente altos cargos. En Túnez, donde su familia es diezmada por la peste, queda huérfano y debe interrumpir sus estudios, pero aprovechará cada ocasión durante su larga vida para instruirse y progresar en el conocimiento; durante casi cincuenta años se desplaza de corte en corte a través del Maghreb y el Machrek, alternando puestos importantes y desgracias, incluso encarcelamientos; por ejemplo, en Fès, fue secretario del sultán meriní, luego embajador del sultán de Granada junto al rey de Castilla Pedro el Cruel, más tarde profesor en la Gran Mezquita de al-Ahzar y en la medersa al-Qamhiyya de El Cairo. Después de la muerte de su esposa y sus hijos en un naufragio frente a las costas de Alejandría, abandona sus funciones de gran cadi Maliki de El Cairo y parte en peregrinación a la Meca. Está a las órdenes de Tamerlan durante el asedio de Damasco por el conquistador, después termina su vida ejerciendo nuevamente como gran cadi de El Cairo.

Esta vida agitada, incluso aventurera, pero la mayor parte del tiempo cercana a las esferas dirigentes políticas y religiosas (que están asociadas en las tierras del Islam) le da una visión realista, incluso pesimista de los hombres, del poder, de la sociedad. Le permiten también adquirir una vasta cultura literaria, teológica, histórica, geográfica, jurídica, filosófica, que transparenta en toda su obra. Iniciada en la década de 1370 durante un retiro voluntario de tres años, esta obra, a la cual se consagra casi a pleno durante sus últimos años de vida, comprende: el enorme Kitâb al-Îbar (el Libro de los Ejemplos), que es una historia universal, precedida de una autobiografía y sobre todo de la obra más importante, una verdadera antropología política, la Muggadima (los Prolegómenos), que él considera orgullosamente (¡pero está justificado!) como una ciencia nueva, inventada por él, “la ciencia de la sociedad humana”. Es decir que se podría ver a Ibn Khaldûn como un ancestro de la sociología. Pero en la Muggadima hay además páginas fulgurantes de ciencia política, de geografía, incluso de geopolítica, una amplia visión de la historia (en la historiografía árabe, está considerado como historiador), de hecho presenta una antropología social y política del mundo árabe-musulmán; por lo tanto los geógrafos pueden verlo perfectamente como uno de ellos. Posee un sentido agudo de las relaciones entre las sociedades y su medio ambiente; escribió páginas apasionantes sobre las diferencias entre los grupos nómades, las sociedades rurales, las sociedades urbanas. Su concepto central es el ‘umrân, que se traduce, a falta de otro término, por “civilización”, pero que “se entiende como el primer paso para “instalarse” en la Tierra, para ocuparla, para cuidarla, para cultivarla, para hacerla fructificar y prosperar, para construir en ella y establecer instituciones” (Abdesselam Cheddadi, en el prefacio del Livre des Exemples [Libro de los Ejemplos], editado por la Pléiade). De este modo, Ibn Khaldûn distingue el ’umrân badawî, “civilización” de las sociedades pastoriles y rurales, y el ’umrân badarî de las sociedades urbanas. Reflexiona sobre el poder político, al cual juzga, en páginas que hacen pensar en Montesquieu, que sólo puede ser fuerte a partir del ’umrân badarî, donde se desarrollan los atributos urbanos que son el lujo y lo superfluo. Con sus observaciones lúcidas sobre los Estados musulmanes a los cuales sirvió y que conoce bien, vuelve a tomar en numerosas oportunidades las ideas de decadencia, de debilitamiento del poder. Desarrolla también la noción de açabiya, una práctica y una praxis, y una manera de actuar que son el resultado de un sentimiento de pertenencia muy fuerte y exclusiva al grupo, lo cual Ibn Khaldûn considera como una de las claves y uno de los motores de la historia de las sociedades árabe-musulmanas, y que aún en la actualidad es una noción muy esclarecedora para comprender ese mundo árabe-musulmán. De este modo, la Muqqadima contiene una poderosa reflexión sobre la geografía humana, social y política del mundo árabe y berebere en el siglo XIV. La historia universal que sigue es menos interesante para los geógrafos y a veces desigual. Sin embargo, el libro III (Historia de los Árabes y de los Bereberes en Occidente, es decir, en el Maghreb y en España) es una fuente esencial para comprender la historia de esos pueblos y Estados que ellos establecieron.
Musulmán sincero, Ibn Khaldûn ejerció funciones religiosas y jurídicas con una amplia visión del mundo. Todos sus conocimientos, su ciencia, su filosofía (aunque él no amaba a los filósofos…) están nutridos de la racionalidad –por no decir el racionalismo- griega: es claramente aristotélico, y se refiere explícitamente a la Stagiarite, sobre todo de un modo evidente en el capítulo XXII del libro VI de la Muggadima, “La ciencia de la lógica”, pero igualmente de manera dispersa en toda su obra. Es además hipocrático, galénico, pero conoce también a Platón, a quien hace alusión en varias oportunidades. Una controversia reciente (2007-2008) opone a los partidarios de una transmisión de la cultura griega en el Occidente cristiano por intermedio de los árabes y a los de una filiación mucho más directa. Esta controversia no tiene sentido en lo que concierne a Ibn Khaldùn -completamente ignorado por los europeos hasta su descubrimiento por parte de Silvestre de Sacy a principios del siglo XIX-, quien no ejerció ninguna influencia sobre el pensamiento del Renacimiento, ni de Las Luces. Pero en la actualidad no es posible, para un geógrafo preocupado por la historia del pensamiento, descuidar a este gran intelectual, magnífico ejemplo de la civilización árabe antes de que ésta se debilitara por mucho tiempo en una decadencia que Ibn Khaldûn ya había literalmente anunciado. Los arabistas pueden hallar varias ediciones de la Muggadima en lengua árabe. En francés, Gallimard tuvo la excelente idea de publicar, en la colección de la Pléiade, una traducción que es de Abdessalam Cheddadi, profesor en la Universidad Mohammed V de Rabat, quien también redactó el prefacio, notable y muy esclarecedor. Del mismo autor se puede leer, en el volumen LVII de la revista de la Biblioteca Oriental de Beirut, Universidad de Saint Joseph, Mélanges [Mezclas], un artículo muy pertinente, “la tradición filosófica y científica en la Muggadima” (pp 469 – 497) y, en la misma entrega, “The Essential Accidents of Human Social Organization in the Muqqadima of Ibn Khaldûn” [Los accidentes esenciales de la organización humana social en la Muggadima de Ibn Khaldûn], por Charles Butterworth, profesor en la Universidad de Maryland (pp 445 – 467). Se debe notar la gran admiración de Yves Lacoste hacia Ibn Khaldûn, él consiguió que numerosos geógrafos conocieran a este gran intelectual. La edición de la Pléiade nos brinda una bibliografía completa. De este modo no es posible ignorar la obra de uno de los espíritus más grandes de la cultura árabe de la Edad Media e incluso del pensamiento en general.

Henri Chamussy