Civilización

La palabra, la idea, el concepto de civilización, atraviesa el conjunto de las ciencias humanas y sociales. Apareció, en la Europa de las Luces, a fines del siglo XVIII (en singular por oposición a barbarie), utilizado por el fisiócrata Mirabeau-padre, más o menos al mismo tiempo que el de progreso, con el cual mantuvo lazos estrechos (Revue de Synthèse, 2008). En el espíritu de su primer usuario, la palabra puede designar un estado más o menos estable, probablemente con diferencias de una nación a otra, por eso en plural tiene una acepción relativista. Coexisten, por lo tanto, desde sus comienzos, una significación universalista del concepto, que ubica a la civilización europea occidental como el estadio más avanzado de la Civilización hacia el cual deben tender las sociedades humanas, y una significación relativista, que atribuye una civilización a cada gran nación (M. Bruneau, 2010).
Los geógrafos han adoptado progresivamente la noción de civilización, no en su globalidad, sino parcialmente, a partir de fenómenos agrarios o rurales duraderos, ante todo paisajes. El historiador Marc Bloch (1931) creó el análisis de las civilizaciones agrarias: paisajes, formas de ocupación del suelo y de hábitat concebidas como el producto de las interacciones entre el medio, el estado de las técnicas y las fuerzas de producción propias de una sociedad rural. Este concepto está estrechamente asociado al de paisaje agrario, que es la parte visible, observable de la superficie terrestre (A. Meynier, 1958).

F. Braudel asocia sistemáticamente cada civilización a “un espacio con límites más o menos estables”, a un “área cultural”. Él precisa incluso que “esta área tendrá su centro, su núcleo, sus fronteras, sus márgenes” (F. Braudel, 1997, 226). Ellos tienen cada uno “una geografía particular, la suya, que implica muchas posibilidades, limitaciones dadas, algunas casi permanentes, nunca las mismas de una civilización a otra”. Las civilizaciones son también sociedades, más complejas que los grupos sociales más igualitarios en las culturas. Se fundan en relaciones jerarquizadas y se caracterizan por la presencia de ciudades y Estados. Algunas sociedades más elementales con su propia cultura, en el sentido etnológico del término, se incluyen en su área cultural. Ellas son también economías creadoras de superávits que conocen sus fluctuaciones, unas cortas, otras largas. Las civilizaciones, por otra parte, son mentalidades colectivas que influyen fuertemente sobre los comportamientos y los movimientos de las sociedades. La religión se encuentra en el corazón de su psique colectiva. De este modo, “una civilización no es entonces ni una economía dada, ni una sociedad dada, sino lo que a través de [algunas] series de economías, series de sociedades, persiste en vivir dejándose desviar sólo apenas y poco a poco” (F. Braudel, 1997).

Los geógrafos francófonos han utilizado a menudo el término civilización como una palabra del lenguaje corriente y continúan haciéndolo, como muchos otros investigadores de las ciencias humanas, y en particular algunos historiadores que les han precedido (M. Bruneau, 2010). Los geógrafos han tomado prestada esta noción de civilización a otras disciplinas (historia, etnología, sociología), pero muy pocos la han analizado y definido como Max Sorre o sobre todo Pierre Gourou. Ellos utilizan competitivamente, y ahora con más frecuencia, la palabra o el concepto de cultura promovido por los antropólogos, en el mismo sentido que civilización, o sin intentar diferenciarlos cuidadosa y claramente. Desde Vidal de la Blache (1922), la noción de civilización fue durante mucho tiempo complementaria de la de género de vida, que ocupaba una posición mucho más central en su geografía humana y en la de algunos de sus sucesores, Max. Sorre (1961) y Max. Derruau (1963), sin duda a causa de sus vínculos con el medio. Sin embargo, esta noción, que se aplicaba bien a poblaciones preindustriales, cayó rápidamente en desuso por la complejización de las relaciones socioeconómicas y del crecimiento de las movilidades en las sociedades industriales y posindustriales.
El geógrafo que más ha utilizado y que mejor ha definido el concepto de civilización es Pierre “Gourou”. Se partirá entonces de la definición que él da en un artículo célebre sobre “la civilización del vegetal” (P. Gourou, 1948, 227). La define como “primero el conjunto de técnicas de explotación de la naturaleza, y, en menor medida, la mayor o menor aptitud para la organización del espacio”. El geógrafo debe tomar esta civilización como un dato externo a su propio dominio de investigación, servirse de ésta como un factor explicativo de los paisajes y sobre todo no intentar dar cuenta del medio físico local. Hay relaciones de interacciones e interdependencias entre elementos físicos y humanos de un paisaje como “por intervención de la civilización que sirve de medio de transmisión” (ibid., 228). Él distingue “las técnicas de producción” que regulan las relaciones que los hombres mantienen con el medio y “las técnicas de control territorial” que regulan las relaciones de los hombres entre sí (1966, 76). “La civilización es un sistema intelectual, moral y técnico que actúa sobre los paisajes y no depende de ellos. Los cambios de civilización cambian los paisajes, pero lo contrario no es cierto” (1971, 107). Estos cambios no están ligados a adaptaciones a un medio o a “una presión selectiva”, sino más bien a derivaciones que refuerzan un carácter dominante (el “vegetal”, por ejemplo), o a contactos entre civilizaciones (imitaciones, adquisiciones). A partir de su libro Pour une Géographie humaine (1973), él habla sistemáticamente de “técnicas de encuadre”, dando a esta denominación una acepción más amplia que la de los términos precedentes. Se trata de encuadres pertinentes de la sociedad civil (familia, lengua, régimen territorial, prejuicios, mentalidades, religión…) y de la sociedad política (encuadres de pueblos, tribales, estatales…). Lo cultural y lo político están profundamente imbricados en esta noción de encuadre.
En 1982, en Terres de bonne espérance [Tierras de buena esperanza], P. Gourou invierte muy claramente la perspectiva de “La civilisation du végétal” (1948). Las técnicas de producción ya no son más lo primero, sino los encuadres: “Ver en el hombre ante todo un productor y explicar por las técnicas de producción la organización de las sociedades y el número de habitantes sería renunciar a encontrar las últimas respuestas a las preguntas planteadas por la geografía. El hombre es primeramente un organizador… Una densidad de población fuerte sobre una gran superficie y una larga duración se explican primero por la apertura y la orientación de las técnicas de encuadre, apertura y orientación que no han sido determinadas por las técnicas de producción” (1982, 29). El paradigma de la civilización que P. Gourou elaboró pacientemente a lo largo de su carrera no tuvo verdaderos continuadores, incluso en geografía tropical, donde dominaron el empirismo y el rechazo de la teorización.
La palabra civilización, que figura en la mayor parte, si no en todos los diccionarios de geografía, no ocupa en la disciplina, y de lejos, una posición tan central como las de “espacio”, “territorio”, “paisaje”, o incluso “cultura”. Numerosos geógrafos, en particular toda la corriente del análisis espacial (R. Brunet, O. Dollfus, 1990) y una gran parte de la geografía social (G. Di Méo, 1998) la ignoran o le dan un lugar muy marginal sin definirla, no le reconocen una pertinencia en las clasificaciones mayores del mundo. Los defensores de la geografía cultural, fuera de J. Bonnemaison (2001), de A. Berque (1986) o de P. Claval (2001) que la utilizan al margen, prefieren de lejos el término y el concepto de cultura, al cual dan algunas veces el mismo sentido. Quienes se consideran geohistoriadores, tales como Christian Grataloup (2007), prefieren los conceptos de economía-mundo, de imperio-mundo y de espacio-mundo en el interior del sistema-mundo más preciso, mientras que civilización es demasiado polisémico o connotado.
¿Cómo comprender a pesar de todo la resiliencia de este concepto de civilización que ha reaparecido en geopolítica a fines del siglo XX, no en Yves Lacoste, quien lo emplea muy poco, sino en S. Huntington, cuyo objetivo declarado es mantener Occidente lo más posible en su posición preeminente en el sistema mundo? “Su aparente claridad, debida a una comprensión intuitiva global siempre posible, confiere a este concepto un valor discursivo” (D. Dory, 1989, 113). Utilizado en casi todos los dominios de las ciencias sociales, tiene la ventaja de yuxtaponer un número indeterminado de rasgos culturales que tocan en forma acumulativa a todos los fenómenos técnicos, sociales, políticos o económicos que afectan a una sociedad o a un conjunto de sociedades. La gran confusión semántica, al mismo tiempo que la polisemia y la aproximación evolucionista, están en el origen de su éxito en todos lados y de su extrema debilidad teórica. Daniel Dory (1989, 114) destacó que es difícil, casi imposible distinguir elementos humanos de un paisaje y hechos de civilización en P. Gourou. “Civilización y elementos humanos del paisaje, al ser significantes cuyos campos son coextensivos”, la civilización no representa entonces verdaderamente un tercer término entre medio físico y elementos humanos del paisaje, que tendría un valor explicativo. Este término tiene un poder evocador que P. Gourou emplearía de modo iterativo, pero sin validez teórica real.
Al pertenecer al lenguaje literario y corriente, el término civilización tiene el inconveniente de encerrar a las sociedades en entidades culturales yuxtapuestas y listas para afrontar, en una visión simplista del mundo fácilmente movilizable por toda suerte de propaganda política: de allí su resiliencia. Esto funciona bien cuando se combinan un imperio o un vasto Estado-nación, una economía-mundo y una religión para formar una unidad homogénea.

Michel Bruneau

 

Referencias bibliográficas:

-Anatoli 2013: Géopolitique des civilisations. Huntington, 20 ans après, n° 4, CNRS-Editions, 277 p.
-Berque A., 1986, Le sauvage et l’artifice: les Japonais devant la nature, París, Gallimard, 314 p.
-Bloch M., 1999 (édition originale, 1931), Les caractères originaux de l’histoire rurale française, París, Armand Colin, 412 p. (De bolsillo).
-Bonnemaison J., 2001, La Géographie culturelle, París, CTHS, 152 p.
-Braudel F., 1963, « Grammaire des civilisations » in Le monde actuel, histoire et civilisations, Paris, Eugène Belin, p. 145-541, reeditado en 1987 La grammaire des civilisations, París, Arthaud-Flammarion.
-Bruneau M., 2010, « Civilisation(s): pertinence ou résilience d’un terme ou d’un concept en géographie ? », Annales de Géographie, 119 (674), p. 315-337.
-Brunet R., Dollfus O., 1990, Mondes nouveaux, Géographie Universelle /dir. R. Brunet, Paris, Belin- RECLUS, 550 p.
« Civilisations retour sur les mots et les idées », Revue de Synthèse, 129 (1), 2008, 203 p.
-Claval P., 2001, « Cultures et Civilisations : un essai d’interprétation géographique », Géographie et cultures, 40, p. 29-51.
-Derruau Max., 1963, Précis de géographie humaine, París, Armand Colin, 572 p.