Realismo

Desde un punto de vista formal, se podría decir que el realismo es una postura que supone la autonomía constitutiva del mundo de los fenómenos en relación con nuestra capacidad de entendimiento y la fiabilidad de éste para aprehenderlos correctamente. El realismo puede ser ontológico (que depende de una creencia fundamental no demostrable) o epistemológico (y como tal considerado como la única forma correcta de hacer ciencia: confrontarse con las cosas tales como éstas existen, independientemente de nuestra voluntad). Desde entonces, el realismo supone una cierta confianza en la fiabilidad de nuestras aperturas al mundo (nuestra experiencia sensorial, el testimonio de otros, los aparatos científicos). Respecto de esto, se podría decir que el positivismo es una forma de realismo que pone en duda la experiencia inmediata y nuestras categorizaciones espontáneas, y tiende a integrarlas en el interior de protocolos que tienden, por inducción, a abstraer en lo real relaciones explicativas de las leyes, las únicas dignas de un interés científico.
El realismo, en sus diversas acepciones, es un término al cual la geografía francesa le encontró durante mucho tiempo grandes virtudes, aunque tenía una concepción bastante implícita. Más aún, sus practicantes estaban vinculados a las “realidades”, en lo posible “geográficas”, que comprenden bajo este vocablo la idea de cosas tangibles, de preferencia materiales, que el geógrafo tenía por misión consignar en cartas o abarcar en una descripción explicativa. Conjuntamente, se suponía que no se debía dejar engañar por grandes discursos teóricos, considerados como incapaces de dar cuenta de la diversidad del mundo. Si el realismo era sólo rara vez presentado como una postura de geógrafo, tuvo un lugar de filosofía (en un sentido no filosófico) para las generaciones de “clásicos” y permanece como tal para una buena parte de la comunidad.

La geografía universitaria francesa desarrolló una forma de realismo bastante específica, incluso en la época de su cristalización (a principios del siglo XX). Si el conjunto de la comunidad científica era entonces realista en el sentido explicado en primer lugar, la Escuela (pos) vidaliana agregó varios particularismos. La mayor parte de sus miembros compartían la idea de que la explicación causal de los fenómenos estaba ya contenida en sí mismos (postura que se encuentra también en E. Durkheim), que necesita un trabajo de confrontación o de superposición de los “hechos geográficos” por parte del geógrafo. Desde entonces, la co-ocurrencia de la «localización» tiene un fuerte valor explicativo (determinista o “complejo”, es decir, circular). Por otro lado y más aún, los raros escritos teóricos que abordan la cuestión indican que la misión de la disciplina es antes restituir los hechos que inscribirlos en vastas leyes generales. La geografía, particularmente regional, aparece entonces como realista por vocación. Trabaja en el mismo mundo, por esta experiencia fundamental que es el «terreno». Ella se considera “completa”, “exhaustiva”, al mismo tiempo que “concreta” y “expresiva de los hechos”. Entre la primera generación de posvidalianos y la siguiente, el realismo se vuelve consustancial en el oficio del geógrafo (principalmente en Le Guide de l’étudiant en géographie [La guía del estudiante de geografía] de André Cholley, 1942 y 1953), para convertirse en un aspecto doctrinario esencial en los años 1950-1960.

Este realismo que nadie podría calificar como “ingenuo” (G. Almeras) en su proyecto de restitución del mundo encontró poco a poco importantes dificultades: contribuyó a desviar a los geógrafos de la investigación sobre leyes, verdaderamente de una geografía general ampliamente desacreditada (salvo en geografía física) después de 1945; el acrecentamiento permanente de las curiosidades temáticas terminó por convertirla en un enciclopedismo epistemológicamente insostenible; volvió inaudible el discurso geográfico en un campo científico dominado por el esquema de las tesis que debían ser defendidas. Ilusión descriptiva, quimera epistemológica, el realismo geográfico fue denunciado en los años 1970 por lo que se llama los Nuevos Geógrafos, principalmente por Claude Raffestin, (en numerosos textos) y durante el coloquio Géopoint 78, Conceptos construidos en geografía. Provenientes del materialismo de Althusser, del positivismo o del estructuralismo, las críticas han puesto el acento en las representaciones o teorías –que se sitúan entre el mundo dado y lo que aprehende el sujeto que conoce-. En este sentido, la crítica de los años 1970 es esencialmente nominalista: plantea que lo real no puede conocerse en sí mismo, sin negar su existencia, o más bien su irreductibilidad en el pensamiento humano. A través del término “constructo” y la referencia a Jean Piaget, este rechazo del realismo tradicional auguraba lo que se llama hoy «constructivismo», aunque corresponda sólo parcialmente a las acepciones de esta palabra actualmente difundidas en las ciencias sociales. Sin embargo, el realismo como postura está lejos de haber abandonado a la comunidad geográfica, comprendida aquí bajo su forma clásica. Entre los actuales practicantes existe un espectro de posiciones, que van desde la actitud más clásica a afirmaciones antirrealistas que sólo apuestan a las «representaciones» y los relatos. Se niega entonces a veces al investigador toda capacidad de considerar algo que no sean las representaciones, los discursos o las acciones comentadas, y luego escrutar una realidad independiente de toda interferencia humana, ya sea deliberada o no. Una posición tal, a veces tachada de relativismo, es sin embargo poco corriente en la geografía francófona. Se constata más bien una alergia mayoritaria a este tipo de postura. Sin embargo, lo que se considera como real puede también, desde Platón, no corresponder a nuestras representaciones inmediatas, sino remitir a ideas puras. En este sentido, el idealismo es una forma particular de realismo, un realismo de las ideas que desplaza en cierto modo a la cláusula de la realidad en nombre del carácter ilusorio de la experiencia inmediata. Ésta es una postura que se encuentra en numerosos matemáticos realistas (que consideran las entidades manipuladas por su disciplina como existencias depuradas de toda contingencia sensorial o experimental). Se vuelve a hallar una postura de este orden en Roger Brunet, para quien existe más realidad independiente del investigador en los coremas, geones o sistemas espaciales que en los objetos materiales. Estas cuestiones de posicionamiento epistemológico son sin embargo mucho menos vivas hoy que en los años 1970, lo cual forma parte de un retroceso general de la reflexión en los geógrafos franceses, observable desde los años 1990.
Olivier Orain

 

Referencias bibliográficas generales:
-ALMERAS, G., « Réalisme » dans S. Auroux, dir., Encyclopédie philosophique universelle, Les notions philosophiques, Dictionnaire II, 1990, p. 2169.
-BOUVERESSE, J., Le Philosophe et le réel. Entretiens avec Jean-Jacques Rosat, París, Hachette, « Littératures », 1998
-POPPER, K., La connaissance objective [trad. J.-J. Rosat ; éd. originale : 1972], Paris, Aubier, 1991, reed. « Champs-Flammarion », n° 405, 1998.
-PUTNAM, H., Le réalisme à visage humain [trad. Cl. Thiercelin], París, Le Seuil, « L’ordre philosophique », 1994.
-SEARLE, J. R., La construction de la réalité sociale [trad. C. Thiercelin], París, Gallimard, « NRF essais », 1998.
-ZAHAR, É., Essai d’épistémologie réaliste, París, Vrin, « Mathesis », 2000.

Referencias geográficas:
-GROUPE DUPONT, Géopoint 78, Concepts et construits dans la géographie contemporaine, Avignon, 1978.
-ORAIN, O., Le plain-pied du monde. Postures épistémologiques et pratiques d’écriture dans la géographie française au XXe siècle, tesis de doctorado bajo la dirección de Marie-Claire Robic, París, Université de Paris I Panthéon Sorbonne, 2003.
-RAFFESTIN, C., Pour une géographie du pouvoir, París, LITEC, 1980.
-RAFFESTIN, C., « Théories du réel et géographicité », Espaces Temps, n° 40-41, 1989, p. 26-31.