Identidad territorial

Identidad territorial

El análisis de la extensión espacial de ciertos fenómenos sociales y su relación con otros elementos localizados, que es la base de la geografía regional, conduce a poner de relieve los caracteres específicos de ciertos espacios, y a mostrar de este modo la “identidad” de una entidad geográfica. El “sentimiento identitario” también puede manifestarse a nivel del individuo, por referencia a un espacio particular al que él se siente particularmente apegado. Cuando estos sentimientos identitarios individuales se agrupan, pueden dar lugar a sentimientos colectivos de identidad territorial. La adecuación entre las identidades sociales colectivas y las identidades territoriales se cuestiona cada vez más, aunque esta idea, llevada al extremo, sigue siendo un objetivo del “movimiento biorregionalista” estadounidense (Bretherton 2001).

La identidad social colectiva es siempre una construcción intelectual, social o política. Se elabora respecto de una comarca rural, una ciudad o una región más amplia, más o menos fuertemente mitificada (la Bretaña, el Norte, la Córcega, el País Vasco, la Cabilia…). A nivel local es la expresión de un vínculo social (a la pregunta: “si te pregunto: ¿de dónde eres?”, más de una persona de cada dos, en Francia, se declara de un municipio, pero su expansión geográfica depende de la intensidad de su apoyo por parte de una red relativamente estructurada (el ejemplo del Causse Méjan en la década de 1970; DOC), capaz de distribuir folletos, organizar conferencias o espectáculos, editar publicaciones periódicas, o eventualmente tener estaciones radiofónicas o de televisión.

Por lo tanto, la identidad territorial, al igual que la etnia, no es un concepto científico, en el sentido de que no es posible medir el grado de adhesión de una población a esta identidad, que fluctúa en función del contexto histórico y político. Esta adhesión tendrá más posibilidades de producirse cuando la población considerada se enfrente a un riesgo o una amenaza. Puede verse amplificada por contrastes marcados con las poblaciones vecinas, como en la lengua o la religión, o incluso eventualmente por contrastes económicos. La construcción de la identidad territorial se ve favorecida por la mayor o menor eficacia de las representaciones simbólicas (paisajes, historia, “patrimonio”) que se movilizan para desarrollarla. El mapa es un instrumento que fija la identidad territorial, lo cual constituye una ambigüedad, porque esta noción, inicialmente intelectual y sentimental y con contornos borrosos, da luego lugar a un territorio preciso y delimitado. La determinación de un territorio presupone la existencia de fronteras o límites, y esta división territorial adquiere entonces un significado político. El territorio puede ser simplemente un “lugar”, una aglomeración, un barrio o una “región”, pero también puede reclamar cierta autonomía o independencia, si esta reivindicación está conducida por un movimiento que reclama su reconocimiento como “nación”, y busca constituir un Estado.

La visión holística de la sociedad, que implicaría la identificación de un territorio por una población, o de una población por un territorio, se ve socavada por la generalización de la movilidad de la población y por los desplazamientos en todas las escalas geográficas. En los Estados donde se definen los “territorios autónomos”, los “grupos titulares” son la mayoría de las veces minoritarios entre la población (los buriatos son apenas un tercio de la población de Buriatia, en la Federación Rusa, así como los Hua son sólo un tercio de la población de la provincia autónoma musulmana china de Ningxia, por citar sólo estos ejemplos). Las poblaciones de la diáspora (india, pakistaní, kurda, palestina) conservan el sentimiento de identidad territorial, sin que esto se materialice por su presencia en un territorio definido.

 

 

Cuando la identidad territorial está organizada por un Estado-nación, éste se esfuerza por mantenerla y fortalecerla, porque es el garante de un cierto consenso dentro de sus fronteras, ya que se supone que trasciende todas las demás divisiones. Sin embargo, en palabras de Renan, “la existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”. Los Estados-naciones existen solo desde el siglo XVIII, y ahora se disputan  en dos niveles, tanto por los regionalismos como por la mundialización. Esta evolución los reduce a convertirse en una especie de Seguro Mutuo, asegurando la protección de sus miembros (es decir, las poblaciones que están allí por antigüedad y aquellas que pueden pagar una tarifa de entrada). La identidad nacional corre entonces el riesgo de vaciarse de significado, y de limitarse a la posesión de una especie de tarjeta de membresía, que eventualmente uno puede estar dispuesto a cambiar según sus intereses. El antropólogo Arjun Appadurai imagina así un mundo “ya no basado en un sistema de unidades homogéneas, sino en relaciones entre unidades heterogéneas”, pero se pregunta “si tal heterogeneidad es compatible con un acuerdo mínimo sobre las normas y los valores”; sin embargo, añade, “esta cuestión decisiva no se resolverá mediante un decreto académico, sino mediante negociaciones (recurriendo tanto al diálogo como a la violencia…)”. Entre las identificaciones filosófico-religiosas o ecológicas con vocación universal, las identificaciones etnoculturales difundidas en las diásporas, las identificaciones regionales y los actuales Estados-nación, la identificación territorial sigue siendo cuestionada.

Yves Guermond

 

 

Bibliografía:

-A. Appadurai (1996): Modernity at Large: Cultural Dimensions of Globalization. Univ. of Minnesota Press. Trad. Française: Payot (2005).

-C.Bretherton (2001): Ecocentric Identity and Transformation Politics. International Journal of Peace Studies, Vol. 6.

-E.Renan (1882): Qu’est-ce qu’une nation ? , in Œuvres Complètes, vol. 1, Calmann-Lévy (1947).

-L’Espace Géographique (2006, n° 4): L’identité territoriale en question (Dossier).