Área cultural
Un área cultural puede definirse a priori como una zona geográfica, generalmente de alcance supranacional, que se distingue por elementos sociales tales como la lengua, la religión o el modelo familiar, pero también por el modo de vida y de producción y la estructura política.
En este sentido, ¿cuáles son esos elementos socioculturales que distinguen un conjunto espacial de otro? ¿Cómo determinar sus límites? ¿Constituyen las áreas culturales un mosaico estricto del espacio mundial, o se influyen entre sí, se superponen o incluso se interrelacionan? ¿Es siquiera relevante el enfoque areal en un mundo cada vez más estructurado por redes y conexiones, en el cual la inmediatez de las comunicaciones tiende a abolir las distancias?
Este concepto alcanzó su máximo esplendor en el siglo XX con la aceleración de la globalización, con la comparación sistemática de las civilizaciones y el desarrollo de las área studies tras la Segunda Guerra mundial. El estudio de las áreas culturales es necesariamente multidisciplinar y sus relaciones con enfoques estrictamente disciplinares, según las escuelas de pensamiento y las políticas científicas, han variado considerablemente a lo largo del tiempo. Analizaremos aquí la construcción del concepto de área cultural, su evolución en el marco de la globalización y su posición científica contemporánea.
– La construcción de una noción espacial en competencia con el término civilización
Los conceptos de “áreas culturales” y “civilización” no se distinguen claramente entre sí. Para Marcel Mauss, la civilización es un ámbito que trasciende las naciones y constituye “una especie de sistema hipersocial de sistemas sociales” (1929). Fernand Braudel utiliza indistintamente ambos términos en su Grammaire des civilisations [Gramática de las civilizaciones] (1963), mientras que Joël Bonnemaison considera las áreas culturales como subconjuntos de una civilización (2001). Históricamente, la idea alemana de Kultur -el conjunto de valores de un pueblo- se opone a la noción francesa de civilización, valorada como un logro universal, en el que la civilización europea se considera como la única superior en el siglo XVIII (Bruneau, 2010). Ratzel define el área cultural como un “círculo cultural” (Kulturkreis) según una lógica difusionista que emana de un foco inicial (1882 y 1891).
Clark Wissler destaca la correspondencia entre las áreas geográficas y los grupos culturales que comparten una gran homogeneidad en los géneros de vida y las mentalidades (Kroeber, 1931). Estas características son el resultado de una difusión cultural y, sobre la base de datos geográficos, distinguen el área involucrada de otras áreas. Para el geógrafo Carl Sauer, los paisajes culturales se construyen a partir de la superposición de formas sobre el paisaje físico (1926). Él amplía los análisis de Eduard Hahn (1897, 1909 y 1914), quien contrastaba la agricultura con arado (extendida desde China, Japón y el sudeste asiático hasta Europa del oeste) y la agricultura con azada (desde las montañas de sudeste de Asia e Indonesia hasta Oceanía, el África subsahariana y América); mientras que Sauer estudia los orígenes de la agricultura con azada (1952).
En 1936, Pierre Gourou defiende su tesis doctoral sobre los campesinos del delta de Tonkín, que completa con una obra publicada cuatro años más tarde sobre el área cultural del Lejano Oriente (1940), en la cual se esfuerza por demostrar su unidad a través de un mínimo común denominador: el mundo agrícola y rural, sus paisajes, sus géneros de vida y sus valores a escala de la comunidad rural. Esta lectura rural, deliberadamente acrónica, retoma la idea de civilización agraria de Marc Bloch (1931). Pierre Gourou subraya asimismo que la China constituye el gran centro de civilización de la región, del cual son subconjuntos las culturas coreana, japonesa o vietnamita. Tendrá una influencia determinante en los trabajos de Fernand Braudel y sus lecturas históricas de las economías-mundo (1963, 1979). Como su continuación, Samuel Eisenstadt desarrolla un estudio de las civilizaciones desde una perspectiva comparativa (2003).
El auge del poder de Estados Unidos y su omnipresencia mundial durante la Segunda Guerra mundial y luego la Guerra fría lo llevaron a recopilar información de todas las fuentes posibles sobre las grandes regiones del mundo. Simultáneamente, como elementos para la acción política y militar y como enfoques pluridisciplinares en ciencias sociales –rompiendo así con las visiones europeas inicialmente más lingüísticas y literarias (Edward Saïd, 1978)-, los area studies [estudios regionales] se desarrollaron en las universidades estadounidenses y, posteriormente, en las europeas, priorizando el conocimiento contemporáneo sobre las realidades, los retos y los actores de las áreas culturales en cuestión (Szanton, 2004). Estos estudios recibieron un apoyo desigual por parte de sus instituciones nacionales.
En este contexto, las “áreas culturales” trascienden el concepto de territorio, dando prioridad a las ideas de proyección e influencia derivadas de un acervo cultural común, y no pueden limitarse únicamente a áreas políticas. Su escala también es superior a la de la gran región económica.
Tras haber pasado por un período de desprestigio en favor de instituciones disciplinares y enfoques temáticos como el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) entre los años 1980 y 2000 en Francia, el estudio por áreas culturales recupera una nueva relevancia heurística en la década de 2010. El CNRS lleva a cabo de este modo una política científica por áreas y ha creado grupos de interés científico sobre África, América, Asia, Oriente Medio y el mundo musulmán, agrupando en sinergias con amplias ambiciones regionales, laboratorios inicialmente estructurados por disciplinas o temas interdisciplinares. Se trata, por tanto, de fortalecer los vínculos entre investigadores de una misma área y otorgarles, como comunidad científica, visibilidad nacional y, sobre todo, internacional. Dichas sinergias pueden permitir comprender también transformaciones complejas que se perciben, sin razón o con razón, como inherentes a realidades geoculturales tan variadas como el terrorismo, el surgimiento económico o la redefinición de las relaciones con la naturaleza.
– ¿Áreas culturales esencializadas por la globalización?
Tras la Segunda Guerra Mundial, la creación de organismos internacionales como la ONU y sus instituciones asociadas, que comprometió a los Estados-nación en programas internacionales, por un lado, y la aceleración de la globalización y el fin de un mundo ideológicamente bipolar en la década de 1980, por otro, devuelven a las grandes áreas regionales, definidas sobre bases geográficas de proximidad y coherencias internas culturales e históricas, el papel de conjuntos esenciales para la articulación del espacio mundial.
Más allá del discurso capitalista y liberal, enriquecido con los valores de la democracia occidental, que pretende imponerse como el modo único de desarrollo, se individualizan los “mundos culturales globalizados” (Chaléard y Sanjuan, 2017) que trascienden las antiguas tipologías regionales. Si bien son testimonio de integraciones regionales basadas en lenguas, valores e historias compartidas, sus recomposiciones están impulsadas principalmente por fuerzas económicas y geopolíticas contemporáneas. Así ocurre con la integración material e institucional de Europa, y con asociaciones comerciales como las que vinculan a los países del Mercosur o de la ASEAN. En Asia oriental, su integración al sistema mundial, la maritimización de su economía y la litoralización de sus territorios nacionales han permitido que este conjunto se convierta en una poderosa área regional, sin por ello alcanzar una integración institucional. Estas evoluciones se completan hoy en día con proyectos de corredores de desarrollo a escala nacional, internacional, e incluso transcontinental.
Estos cambios también van acompañados por nuevos referentes identitarios. El discurso de Singapur sobre los “valores asiáticos” en la década de 1990 promovía un modelo cultural y regional definido por oposición a los valores y modos de vida occidentales. El fundamentalismo religioso suele defender cosmovisiones que rompen con la modernidad occidental, que se denuncia como algo impuesto. La Revolución Islámica de 1979 desencadenó una profunda transformación de la sociedad iraní de carácter religioso y cultural. La vida política india está marcada por fuertes reivindicaciones identitarias. El autodenominado “Estado islámico” ha perpetrado atrocidades sangrientas y bárbaras en nombre de un mundo musulmán y árabe.
La interpretación del mundo de Huntington (1996), basada en una división regional a gran escala, cuyos principales criterios serían en gran medida religiosos, no siempre logra reflejar la complejidad de las áreas culturales en un mundo actual cada vez más reticular e interconectado. El retorno presente a un mundo multiareal y multipolar, impulsado geopolíticamente por el auge de la China y, en general, de los países emergentes, se inscribe también en redes de interdependencia de escalas variadas, que trascienden y convierten en obsoleta la estricta oposición Norte-Sur, y se basan asimismo en los vínculos estructurales que mantienen entre sí las metrópolis mundiales.
Finalmente, las áreas culturales no son –ni han sido nunca- homogéneas. Están también formadas por culturas locales, por escalas encajadas. Al final de la cadena, Amartya Sen (2007) recuerda sobre todo que la identidad de un individuo no puede reducirse a su religión y que éste siempre forma parte de una pluralidad de identidades que pueden movilizarse en función del momento y el contexto.
– Las áreas culturales, conocimientos situados en un contexto de globalización del mundo
El enfoque posmoderno y el Southern turn [giro hacia el Sur] (Robinson, 2006) subvierten la interpretación de las áreas culturales desde una perspectiva occidentalocéntrica y sitúan la experiencia occidental en múltiples trayectorias de posibilidad cultural. La modernidad ya no transmite más exclusivamente una relación de poder derivada de los imperialismos del pasado. Es también apropiada, recompuesta, producida y difundida por polos mundiales fuera de los antiguos países industrializados. Las áreas culturales ya no pueden ser el simple resultado de delimitaciones basadas en criterios externos; se distinguen mediante un enfoque comparativo y por ende relativo, y son reivindicadas por las poblaciones involucradas –y por los investigadores de dichas áreas-. Es necesario, por lo tanto, contextualizar la producción de nuestras categorías. Los conocimientos acumulados sobre las áreas culturales deben situarse de ahora en adelante en un contexto de mundialización del saber, en “una historia del devenir planetario de las historias” (Chevrier, 2008).
Thierry Sanjuan
UMR 8586 Prodig – París 1

