Jean Gallais
Jean Gallais (1926-1998). Precursor olvidado o apropiado, Jean Gallais nos legó una experiencia reflexiva y emotiva basada en la gran proximidad con los nómadas del Sahel en peligro de extinción, mucho antes de la inversión de los valores que situó la movilidad necesaria en el centro de la experiencia humana. (Extracto 1). Jean Gallais fue maestro de prácticas en Ruan, líder del grupo estudiantil de la Resistencia (condecorado con la medalla de la Resistencia), maestro en Sotteville-les-Rouen en la posguerra, profesor titulado en el Liceo de Argelia, posteriormente catedrático en el de Le Havre, antes de partir hacia Malí para una larga misión de estudios en el marco de la ORSTOM [Oficina de Investigación Científica y Técnica de Ultramar] (1955-1961), dedicada al ordenamiento del río Níger, cuyas líneas principales habían sido trazadas por “Pierre Gourou”.
Durante su servicio militar (1950-1951) Jean Gallais descubrió África, conoció a Paul Pélissier en el Instituto de Altos Estudios de Dakar, quien le recomendó a Pierre Gourou. Tras el servicio militar y un DES [Diploma de Estudios Superiores] dedicado a los lebú de Cabo Verde, se prometió a sí mismo regresar a África. Así fue como llegó a Macina, en Malí. A su regreso de Malí, en 1961, fue profesor en la Universidad de Estrasburgo, luego catedrático en la Universidad de Ruan desde 1967 a 1986 y, finalmente, en la Universidad de París 4 Sorbona (1986-1993). Reconocido como experto en el Sahel y en el pastoreo -en peligro de extinción-, fue convocado por las instituciones internacionales como Naciones Unidas, UNESCO, BIRD, UICN [Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza], FED [Fondo Europeo de Desarrollo], CIEA (Centro Internacional para la ganadería en África), conservando una gran libertad crítica. “Esta civilización posee su propia ética, su idea del bien y del progreso que debe considerarse tanto como los objetivos internacionales”. La frase que aparece con fuerza en la portada de un documento de trabajo de la Universidad de las Naciones Unidas (Uagadugú, 1975) dice mucho acerca de una línea intelectual que también guiaba su conducta.
Cinco años de trabajo de campo, seguidos de cinco años de tratamiento de datos y redacción, dieron como resultado el “Delta intérieur du Niger”, título de la tesis de maestría defendida en 1966 bajo la dirección de Pierre Monbeig, tras el deceso de Charles Robequain. Algunos artículos que, previos a la publicación de 1967, ya habían situado a Jean Gallais entre los renovadores de la llamada geografía tropical y de la disciplina en general, anunciaban lo que se formalizaría como el espacio vivido: “La signification du village en Afrique de l’Ouest” [“El significado de la aldea en África del Oeste”] (1960) y “La signification du groupe ethnique au Mali” [“La significación del grupo étnico en Malí”] (1962); mientras que la tesis principal esbozaba lo que él llamaría más tarde una “ecología cultural” (1984), por la combinación de formas variadas de la distancia (1982). (Extracto 2). En la organización del espacio, el vínculo social predominaba sobre la compartimentación y la apropiación exclusiva y “natural” de una interfaz ecológica del tipo “hombre-medio”. Esto se afirma claramente en “Hommes du Sahel”, cuyo subtítulo “Espace–Temps et Pouvoirs” [“Espacio-Tiempos y Poderes”] permite advertir una inflexión confirmada por “Une géographie politique de l’Ethiopie, le poids de l’Etat” [“Una geografía política de Etiopía, el peso del Estado”] (1989), que se vuelve a encontrar en “Tropiques, terres de risques et de violences” [“Los trópicos, tierras de riesgos y violencias”] (1994).
Si Jean Gallais teorizó con moderación sus intuiciones (emociones) confirmadas por la investigación, siguiendo en esto a Pierre Gourou -de quien fue un fiel discípulo (1981)-, sus lectores atentos observan que, desde las primeras publicaciones, la crítica agudizada por la práctica de una geografía formulada desde la base de las realidades vividas y el método antropológico nunca están exentos de una dimensión epistemológica crítica. La tesis defendida en 1966 contiene el germen de lo que vendría después. (Extracto 3).
La ecología cultural que sigue al espacio vivido y precede a una geografía del poder da testimonio de una evolución teórica que excluye el “género de vida”, tema que no se aborda en la obra de Gallais. Los fundamentos que forjó en el Delta y su diversidad étnica fueron decisivos. Ninguna unidad espacial definida a distancia corresponde a una unidad social o política de la misma extensión y la misma forma; todos los límites espaciales y sociales son cambiantes y se regulan en el ejercicio de la función política, más crudamente por el poder desigualmente compartido para controlar el espacio.
“Cada etnia se distingue por un nivel en la organización del espacio”, “la pertenencia no es ni natural ni definitiva”. “El vínculo original que vincula a una “etnia” con sus técnicas de producción explica por qué el individuo niega voluntariamente su origen si algunas circunstancias particulares, poco frecuentes por lo demás, lo obligan a cambiar su existencia”. “Por lo tanto, una relación muy sólida une al grupo étnico con ciertas técnicas de producción. Sin embargo, una primera insuficiencia de esta relación aparece cuando, en la misma región, varios grupos que poseen las mismas técnicas de producción se entremezclan. Muy a menudo, la diferenciación étnica se basa en la memoria histórica de las rivalidades y se mantiene mediante oposiciones o matices entre las organizaciones sociopolíticas” (1962, p. 107-108).
Estas líneas fueron escritas, pero sobre todo maduradas, unos diez años antes del texto fundacional de F. Barth (1969) consagrado a las “fronteras de la etnia”. Barth subrayaba el núcleo inalterable de la identidad compartida, mientras que Jean Gallais insistía en la historia y la memoria preservadas, pero también en la fluidez que la “movilidad” general del Sahel, ya sea habitual o circunstancial, impone. Sumado a la complejidad de su región de referencia, no era posible delimitar territorios imaginarios sobre la base de la identidad étnica. Los acontecimientos que sacudieron desde 2012 al norte de Malí lo recuerdan (Retaillé y Walther, 2013). La etnopolítica, al igual que la geopolítica, sólo puede manipular representaciones o incluso ficciones.
Así, entre 1956 y 1984, una experiencia íntima sumada a una reflexión cada vez más amplia, lo condujo desde la constatación de un panorama regional imposible, enmarcado por la naturaleza, hasta el análisis de las fuerzas que juegan con el espacio. En el ejercicio de una geografía entonces en plena transformación, la experiencia maliense de intervenciones desastrosas para transformar la llanura anfibia en parcelas de arroz, seguida de la respuesta “técnica” a la sequía de 1969-1974, lo guiaron hacia una geografía cultural muy implicada emocionalmente (1975-1977), antes de abrir el capítulo propiamente político. “De este modo me quedó meridianamente claro que las solidaridades humanas identificables a través del vasto campo saheliano son las verdaderas estructuras de cualquier situación en esta latitud, y que su definición constituye la verdadera aventura emocional de un análisis geográfico, sus dificultades y su principal interés” (1975, introducción). “En consecuencia, la movilidad y el sedentarismo, más que simples realidades regionales, deben abordarse según un enfoque teórico que ponga de relieve la identidad saheliana (sahelidad) como fuente común. Ninguna acción de desarrollo puede prescindir de esta reflexión, ya que el desafío que el Sahel plantea a los hombres debe aprehenderse en la combinación de las realidades materiales y los sentimientos” (1975, conclusión).
Cabe señalar también que este personaje, que se mantuvo al margen de las disputas por el poder disciplinar y experto, no se abstenía del “derecho a protestar”, como él mismo lo expresó tras una visita a Etiopía y su evaluación de la situación de la ganadería en África oriental, otra misión de expertos que, como la primera, dio como resultado un libro publicado gratuitamente (1989). Esta constante distancia ética de la actividad experta tiene su clave en la empatía por los pastores y los campesinos sahelianos maltratados so pretexto de la ayuda al desarrollo.
El odio y el desorden van de la mano: el último libro consagrado a los “Tropiques, terres de risques et de violences” encuentra su origen allí. El título de este libro puede resultar controvertido. Habría que, por ejemplo, explicar y matizar el concepto geográfico “trópicos”. Pero, en segundo plano, es necesario señalar el contrapunto de la ecología cultural, de la variedad de espacios vividos que comparten las mismas extensiones según los ajustes sutiles que los geógrafos sensibles deberían poder poner en evidencia, frustrando la racionalidad de las “leyes del espacio” y el territorio que se impondrían en todas partes y en todo momento, o de las leyes que aseguran la hegemonía y el poder mediante la construcción del derecho. Aquí, es necesario detenerse y tratar de comprender la situación. Los subtítulos son significativos: “Espacio, tiempo y poder” de “Hommes du Sahel” y “Una geografía política de Etiopía, el peso del Estado” (1989). La globalización no era aún un tema problemático, pero el Estado, regulador o en quiebra, de derecho o patrimonial (capturado) ocupaba el centro de sus preocupaciones. A la luz de esto, es posible revisar su trayectoria y sus contribuciones de forma más sistemática que cronológica, introduciendo algunas etapas adicionales relacionadas con el método: el comparatismo.
Jean Gallais no sólo era un hombre del Sahel y del Delta Interior del Níger. También había viajado por la India y el Brasil por trabajos menos visibles que ocupan un lugar en su trayectoria. Fue por casualidad, durante una escala forzosa de su avión en Hyderabad en 1962, durante la breve guerra que enfrentó a la India y la China, lo que permitió a Jean Gallais visitar la Universidad de Osmania y conocer al geógrafo Mansoor Alam. Una orientación india completó entonces el abanico de su investigación y los trabajos de estudiantes en Estrasburgo y sobre todo en Ruan. En la India, una planicie semiárida (la Telangana) frente a un litoral deltaico (el Andhra), el legado de un Estado musulmán y su capital histórica, una perturbación colonial con obras hidráulicas de todo tipo, luego la elección de la capital musulmana como centro de modernización industrial tras la independencia, ofrecen, al analizarlos, una complejidad que podría remitir a la situación de Malí y a sus conflictos socioétnicos exacerbados por las relaciones de castas. En 1972 se formula una apreciación cuyo alcance debe comprenderse en toda su dimensión: la centralidad no es espacial, sino social…
Por otra parte, Brasil también aparece en la obra de Jean Gallais. Su estancia en Estrasburgo y el encuentro con Pierre Monbeig, su director de tesis, así como con sus colegas contemporáneos, Étienne Juillard y Michel Rochefort, sin duda contribuyeron a ello. Si bien se sentía atraído por la situación del Nordeste semiárido donde encuadra algunos trabajos de sus estudiantes, parece que su interés por la Amazonia fue mayor. “Frontera muerta” (1968) es el calificativo de inspiración en Buzzati (El desierto de los tártaros) o en Gracq (La orilla de los sirtes), que utiliza Jean Gallais para referirse tanto a los “frentes pioneros” activos en América -de los cuales la Amazonia aún no formaba parte verdaderamente en 1966-1967-, como también, me parece, al Sahara, que fue dividido en dos vertientes inconexas, convirtiendo al Sahel en una zona fronteriza al margen de todo, una posición que, más que el episodio de la sequía, propició su despoblamiento antes de ser reclamada por lo que constituía su “naturaleza”: la movilidad, que Jean Gallais vuelve a encontrar en la Amazonia. (Extracto 4).
La comparación era improbable, pero el ser tanto la Amazonia como el Sahara fronteras muertas, y el superar la similitud bioclimática Sahel-Nordeste para llegar a la posición en los movimientos de población y los marcos que los rigen, ilustran la virtud del método. Aunque Jean Gallais utiliza el vocablo “comparación”, se entiende que se trata de otro enfoque: el comparatismo, o sea la comparación fundada en el concepto de construcción y no en el modelo o el tipo ideal. He aquí incluso una fórmula actual basada en la intuición o, mejor aún, en la práctica descifrada del “maestro” como una forma de romper la negativa a teorizar, una traducción.
Jean Gallais, al negarse a formular directamente proposiciones teóricas, abrió numerosas vías a sus lectores y herederos directos, aunque jamás formó una “escuela” ni una corriente. Al inscribirse en la línea de Gourou y, por tanto, de Braudel -hay que recordarlo (Gourou, 1973)-, y apostando tanto por la perspectiva a largo plazo de las situaciones como por las técnicas de gestión, pudo pasar de la ecología cultural a los poderes e instituciones que regulan y estabilizan o desestabilizan las disposiciones establecidas paso a paso. No debe comprenderse de otro modo el proyecto de código pastoril que restablece, en el orden del Estado moderno, sedentario y arrocero, un lugar para los pastores expulsados -ya sean fulani o tuareg en la mitad norte de Malí (1980). La abstracción de las circunscripciones administrativas, que reproducen el modelo de Estado territorial, está tan alejada de la realidad social y cultural que nos devuelve a la realidad. El Estado estaba involucrado y había que abordar esta cuestión. De este modo, siempre en la conclusión de 1975, Jean Gallais plantea la futilidad de la sedentarización como respuesta a la crisis del Sahel, mientras explora las posibilidades de una territorialización que hoy se denominaría “inacabada”, es decir, no exclusiva.
La extensión terrestre es uno de los mediadores de la identidad colectiva y de las formas que ésta puede adoptar. En este sentido, el espacio está en juego (Auriac et Brunet, 1986). Compartirlo en los dos sentidos del término, como delimitación o como bien común, se orienta hacia asociaciones humanas definidas. Por lo tanto, desde la tesis magistral, las palabras de hoy encontraban su fundamento. “Con” el espacio formado por distancias reguladas, las diversas sociedades de Macina se relacionaron entre sí, y no en virtud de exclusividades por vocación. El juego de las distancias “ecológicas”, combinado con el de las distancias “estructurales”, conformaba el espacio antes de la simplificación territorial y sus identidades concomitantes, a la vez obsidionales y agónicas.
Entre 1976 y 1986, Jean Gallais propuso sistemáticamente temas femeninos, incluso feministas, a las estudiantes que ingresaban en la maestría. Había al menos tres razones para esto. La primera era pragmática: el trabajo de campo, realizado por un equipo mayoritariamente masculino, no tenía acceso al segmento femenino de la población (llamémosle la razón estadística de la muestra). Existe una segunda razón, como continuación de una lección de Pierre Gourou sobre el desarrollo: si el desarrollo apunta principalmente a aumentar la producción, es necesario dirigirse directamente a las productoras, a las mujeres que realizan el trabajo y no a los hombres que lo explotan (!). Por último, de una manera más sutil, pero a riesgo de una sobreinterpretación a posteriori, parece claro que el espacio vivido encontraba allí un apoyo que no estaba teorizado, pero ya señalado: que las relaciones sociales, incluidas las de género, ocupaban un lugar primordial en la comprensión del espacio socialmente organizado.
Denis Retaillé

