Estado-nación en geografía
El Estado-nación en Europa se formó a partir de los “Estados” territoriales establecidos por el tratado de Westfalia (1648), que había instaurado un orden basado en la concordancia entre la identidad religiosa del soberano de un territorio (católico o protestante) y la de sus súbditos. Los lazos personales que los unían, propios del feudalismo, fueron reemplazados por una territorialización más estable de las identidades religiosas, que garantizaban una paz duradera. La conciencia de pertenencia a un pueblo, a una nación, preparaba el terreno para el advenimiento de un nuevo modelo que se desarrolló con la modernidad: el Estado-nación asociado a un “territorio” delimitado por fronteras lineales precisas y cartografiadas. Las dos formas de Estado anteriores eran las ciudades-Estado -cuyo territorio se limitaba a una ciudad y su entorno rural próximo- y el imperio, con un territorio mucho más vasto, que abarcaba varias etnias o naciones, con límites zonales poco definidos, del tipo de las marcas. Estas dos clases más antiguas de Estados se caracterizaban por la pluralidad de identidades étnicas y/o nacionales y por un cosmopolitismo más o menos desarrollado, mientras que el Estado-nación se identifica con una única nación dominante, que admite eventualmente a su lado la coexistencia de “minorías” nacionales dotadas o no de un estatus y de derechos especiales.
El geógrafo fundador de la geografía humana francófona, Vidal de la Blache (1908, 8) abordó a Francia como Estado-nación a comienzos del siglo XX, desde la perspectiva de su territorio, al hablar de una comarca política, de una individualidad geográfica, forjada por el hombre sobre un fragmento de la superficie terrestre que no tiene unidad física: “Es entonces cuando una comarca se precisa y se diferencia, y con el tiempo se convierte en una medalla acuñada con la efigie de un pueblo”. Al dar prioridad a las relaciones entre el hombre y el suelo, divide el territorio francés en pequeñas unidades paisajísticas definidas principalmente por la geografía física y agraria. Solamente en la conclusión demuestra el papel del Estado a través de la red caminera, herramienta de la centralización en torno a la capital. Sus manuales y atlas describen un mundo donde los imperios continentales y coloniales ocupan la mayor parte del espacio en Asia, Europa central y oriental, y África. Los Estados, que él no denomina Estados-nación, están presentes sobre todo en Europa y América Latina (P. Vidal de la Blache, P. Camena D’Almeida, 1903). Esta visión geográfica del Estado fue generalizada por Lucien Febvre (1922): “Así pues, todos los Estados son amalgamas de fragmentos, conjuntos de piezas separadas de diversas regiones naturales que se complementan entre sí, se consolidan y que forman una unidad real a partir de sus diversidades asociadas”. (L. Febvre, 1970, 338). Habría, según su expresión, “regiones naturales de Estados”, como Europa, la más característica de todas, porque habría “una relación indiscutible entre la diversidad geográfica y la génesis de las formas políticas” (Max. Sorre, 1948, 110). Estado, territorio, carretera, frontera y capital fueron estrechamente asociados por J. Brunhes y C. Vallaux (1921), basándose en las teorías de Ratzel.
Hubo que esperar a la Primera Guerra mundial, que favoreció el auge de los nacionalismos, para que los geógrafos estudiaran los Estados-nación como tales, reconociéndolos como una unidad territorial significativa. Max. Sorre (1948, 91) planteó una problemática geográfica del Estado-nación: “¿Qué vínculos históricos y qué relaciones actuales mantienen estas agrupaciones -que reúnen a millones de personas, las naciones y los Estados- con el medio geográfico, ¿en particular con el medio físico?”. Distingue entre la nación y el Estado. La primera, según la expresión de Renan, es “un alma, un principio espiritual”. Se basa en “un tesoro común de tradiciones, de recuerdos dolorosos o gloriosos, la voluntad de salvaguardarla y enriquecerla… El Estado es otra cosa. Es una persona jurídica que dispone de organismos de ejecución y de coerción… En principio, encuentra la justificación de su actividad en el interés general de la comunidad, en su necesidad de paz, seguridad y justicia.” (Max. Sorre, 1948, 92). No coincide necesariamente con una nación, sino que puede ser el resultado de la acción de una dinastía, una persona o un grupo que garantiza la continuidad de una burocracia o de un aparato de Estado.
La nación no es, en sí misma, un concepto limitado al llamado territorio nacional, sino que se extiende más allá, a la diáspora, en las comunidades lejanas donde los individuos desean conservar su identidad de origen, que los distingue de lo que los rodea. Por el contrario, el Estado tiene una base territorial y, al mismo tiempo, es un fragmento de la humanidad, según Ratzel (1903). Este autor enfatiza la influencia del suelo y la extensión sobre el Estado y su población. Pero la contigüidad territorial no es necesaria, ya que un Estado puede extenderse a territorios distantes separados en el espacio o por el mar (archipiélagos, por ejemplo).
El Estado y la nación estaban claramente vinculados, trascendiendo el marco territorial estatal definido por las “fronteras”, para invocar la idea nacional a partir del ejemplo de la nación francesa, que “se basa en una comunidad de sentimientos, sin duda, pero también en una conexión de intereses. Dichos intereses se originan en el medio mismo” (J. Ancel, 1936, 103). Este geógrafo distingue las naciones del siglo XIX “nacidas del Renacimiento romántico, a su vez fruto de la Revolución francesa… Los marcos naturales y los vínculos físicos, el pasado histórico, en particular la lengua y, sobre todo, los géneros de vida complementarios, todo ello se combina con variedad y lentitud, con complejidad y libertad. Porque la tierra o el espíritu pueden favorecer construcciones políticas: jamás las imponen” (J. Ancel, 1936, 104). Se trata de Francia, Alemania e Italia. Jacques Ancel se refiere luego a las naciones del siglo XX, las últimas aparecidas en Europa: las naciones balcánicas, que surgieron de la fusión de diferentes territorios y géneros de vida gracias a la lengua, fruto de renacimientos literarios, instrumento esencial de su independencia, propagada a partir de los Estados-núcleos que extendieron progresivamente su territorio o que aún buscan hacerlo.
En un mundo cada vez más caracterizado por la circulación de personas, mercancías, capitales, ideas y todo tipo de movimientos, “Jean Gottmann” propuso el concepto de “iconografía” (sistema de símbolos) para explicar la compartimentación del mundo en unidades políticas más o menos estables que resisten al movimiento: “Para fijar a los hombres al espacio que ocupan, para darles el sentimiento de lazos que unen la nación y el territorio, es indispensable introducir la geografía regional en la iconografía. Así, la iconografía se convierte en la geografía en un muelle de resistencia al movimiento, un factor de estabilización política” (J. Gottmann, 1952, 221). Él ve en lo que denomina “Estados nacionales modernos” “el tipo más claro y perfecto de esos compartimentos, que dan testimonio de una evolución que parece haber alcanzado su madurez”. Por lo tanto, en su opinión, se trata de la forma más completa del “espacio geográfico diferenciado” en virtud del “principio fundamental de la diferenciación espacial” que tendría “un valor tan universal como el hábitat humano” (J. Gottmann, 1952, 5-6).
La geopolítica de Yves Lacoste y de la revista Hérodote situaron el concepto de Estado-nación en el centro de su enfoque, haciendo hincapié en las relaciones entre poder y territorio. “El Estado-nación puede considerarse como un tipo de Estado en el que la mayor parte de la población pertenece a una única y misma nación”. Su población “apoya al Estado, sea cual sea el régimen, siempre que exista conflicto con otros Estados” (Y. Lacoste, 1995, 588-589). Se diferencia del imperio, que era multiétnico o multinacional, pero podía incluir en su seno minorías étnicas que gozaban de derechos culturales y políticos, reconocidos o reivindicados.
Para la mayoría de los geógrafos, el Estado-nación habría surgido en Europa en el siglo XIX, ya sea a partir de un Estado fuerte y centralizado “que forja la nación” a largo plazo en el territorio que controla (caso francés), o a partir de una nación caracterizada por una lengua y una cultura comunes que “forja el Estado” en su territorio preexistente (caso alemán). Sin embargo, esta simplificación basada en estos dos modelos, el de Francia y el de Alemania, es engañosa, ya que “los europeos inventaron un número tan grande de Estados-nación que vuelven poco creíbles la utilización y la difusión de un modelo del cual serían los autores” (S. Kahn, 2014, 243). Luxemburgo, Suiza, Bosnia, Macedonia, Bélgica, Estonia… no se ajustan a ninguno de estos modelos, pero no por ello dejan de ser considerados Estados-nación miembros de la Unión Europea o asociados a ella. Más allá de esta diversidad, el punto en común es el apego a un territorio considerado como nacional.
Tras la Segunda Guerra mundial, el Estado territorial se convirtió en la principal estructura política para la organización de la población y la división del mundo. “El Estado moderno se impone, por lo tanto, como forma generalizada de organización política y militar, basada en un fundamento territorial” (O. Dollfus, 1990, 366). La multiplicación del número de Estados en la segunda mitad del siglo XX se debe al desmantelamiento de los imperios coloniales de las potencias occidentales y al de la URSS. Si bien existen en el mundo poco menos de 200 Estados territoriales de tamaños extremadamente desiguales, no todos son sin embargo Estados-nación, pero tienden a convertirse en ellos. El Estado-nación territorializado aparece como un ideal, una norma que la mayoría de los pueblos desearía alcanzar, si aún no lo han construido ya (O. Dollfus, 1995).
En el vasto espacio euroasiático, donde diversos tipos de imperios multiétnicos y de ciudades-Estado dominaban antes de la intervención de los imperialismos coloniales occidentales, los Estados territoriales precoloniales prefiguraron los Estados-nación creados tras la colonización en el momento de las independencias. Los “Estados agrarios” del tipo indio (Birmania, Tailandia, Camboya) ejercían un control decreciente desde el centro hacia las periferias, con fronteras de tipo zonal. Este Estado-mandala1 no se definía por su perímetro, por sus fronteras, mal delimitadas y fluctuantes, sino por su poder, la grandeza y la influencia de su centro. Por el contrario, el “Estado agrario” de tipo chino (China, Vietnam, Corea, Japón) era un modelo de tipo jerárquico con una autoridad central fuerte y una estratificación social claramente definida, una cultura dominante en expansión. Su objetivo era la constitución de un espacio interior cuadriculado que tendiera a la homogeneidad, con fronteras lineales. Los Estados asiáticos actuales provienen de esos Estados antiguos, pero tras una política de reformas y modernización inspirada en los modelos europeos de Estados-nación, incluso en Tailandia, el único Estado que escapó a la colonización. Por lo tanto, se puede afirmar que esos Estados-nación asiáticos, aunque proceden más o menos directamente de Estados precoloniales o precapitalistas, durante el periodo colonial y tras las independencias, han sido influenciados por modelos europeos a través de sus corrientes nacionalistas. El orden estatal poscolonial en Asia entre India y China no es fundamentalmente diferente del que existía antes de la intervención del imperialismo occidental. Desde el final de la Segunda Guerra mundial, ha demostrado una estabilidad relativamente grande (M. Bruneau, 2014, 259-263).
Por el contrario, en Oriente Medio y los Balcanes, el fin de los imperios multiétnicos se tradujo en una gran inestabilidad y un orden estatal frecuentemente cuestionado hasta la actualidad. Los imperios multiétnicos desaparecieron en beneficio de los Estados-nación que surgieron de su desmembramiento. Turquía, nacida de la Joven Revolución Turca de 1908 y 1913, prolongada por el Estado kemalista (1920-1950), experimentó una forma extremadamente violenta de homogeneización etnonacional, que eliminó o asimiló a sus minorías étnicas, con la excepción de los kurdos que, distribuidos en cuatro países vecinos, aspiran desde 1920 a crear su propio Estado-nación. La mayoría de los países árabes, con excepción de Egipto, no han logrado aún dotarse de las estructuras sociopolíticas y territoriales duraderas de un verdadero Estado-nación (Irak, Siria, Jordania, Palestina, Libia, por ejemplo), al igual que los Estados balcánicos surgidos de la disolución de la federación yugoslava.
La transición del imperio al Estado-nación fue mucho menos dolorosa en Irán que en Turquía, porque la extensión del Imperio Persa se había reducido hacía mucho tiempo y se había concentrado en la meseta iraní desde los safávidas (1501-1722). Estos últimos ya habían logrado una centralización y un refuerzo de la cohesión sociocultural en torno al chiismo en el siglo XVI, que continuaron los Qajars (1787-1925) hasta comienzos del siglo XX. Irán siempre priorizó, a largo plazo, una lógica de dominación religiosa (mazdeana [zoroastriana], luego chiita) y cultural (lengua y literatura persas), sobre diversas identidades etnolingüísticas periféricas, reconocidas como tales en posiciones subordinadas. Existe una buena articulación entre la mayoría persoparlante y la fuerte minoría azerbaiyana turcohablante, bien integrada en el aparato del Estado y muy presente en las dos capitales más recientes (Tabriz y Teherán). Los azerbaiyanos iraníes participan por lo tanto plenamente en el centro de este imperio convertido en Estado-nación (M. Bruneau, 2014, 256-258).
La supremacía del Estado-nación ha estado cada vez más cuestionada, en las últimas décadas, por la “mundialización” de la economía y la proliferación de redes de todo tipo (financieras, empresariales, diaspóricas, confesionales). Hoy en día se asiste cada vez más a una fragmentación de las naciones. Tanto en los países industrializados como en los países en desarrollo, se observa un auge del regionalismo, de las demandas de autonomía e incluso de independencia. El “nacionalismo regional” se afirma cada vez más, por ejemplo, en Europa: regiones ricas como Cataluña, Escocia, el Flandes belga o la Padania italiana ya no quieren manifestar más su solidaridad con las regiones más pobres del Estado-nación al que pertenecen. El aumento de los intercambios y la movilidad internacionales en el marco de una globalización capitalista y liberal agrava las desigualdades territoriales. El sigo XXI, por tanto, está siendo testigo de una multiplicación de los conflictos posnacionales, que pueden desembocar, no necesariamente en una secesión, sino más bien en una federalización o una fuerte descentralización, lo que vuelve a cuestionar la exigencia de cohesión territorial propia del Estado-nación (L. Davezies, 2015). En contraste con esta fragmentación de los Estados-nación, las instituciones económicas y, en ocasiones, políticas supranacionales o transnacionales, que agrupan a varios Estados-nación -entre las cuales la más avanzada es la Unión Europea- constituyen otra forma de posnacionalismo. La construcción europea no suprime ni las soberanías nacionales ni los territorios nacionales. Las mutualiza y entrelaza en un territorio europeo, diferente de los territorios nacionales, que es un territorio político para muchos ciudadanos (S. Kahn, 2014). Sin embargo, el Estado-nación sigue siendo hasta ahora un nivel indispensable de regulación y gobernanza en la organización política planetaria de los pueblos y las diversas comunidades humanas. Como tal, es un objeto de estudio esencial de la geografía.
Michel Bruneau
Notas
- Este modelo hacía referencia a las doctrinas hindúes y budistas o a una combinación de ambas. El universo, de forma circular, tenía una estructura areolar en zonas concéntricas alrededor del monte Meru, con la capital concebida a imagen y semejanza de este universo. Funan, Champa, Java (Majapahit), Angkor (hasta el siglo X) se referían a la representación bramánica, mientras que Angkor tardío, Pagan, Sukhothai, Ayutthaya, a la representación budista. El centro -el palacio real y la corte, la capital, que podía desplazarse en el interior de esta área central- definía el Estado-mandala (M. Bruneau, 2006, 48-50).

