Segregación
En sentido estricto, la segregación es una política de aislamiento de una población que forma un subgrupo religioso o racial, que la legislación aísla en uno o más barrios de una ciudad (segregación espacial) y que, además, sufren discriminaciones de naturaleza política, legal o económica (segregación social). Entre los modelos antiguos, cabe citar el caso del agrupamiento de los judíos en los guetos de las ciudades europeas, o el de las castas de intocables apartadas de los pueblos y las ciudades indias. En las ciudades estadounidenses, la segregación racial contra los negros, instituida en 1870, sólo fue formalmente abolida por la ley de derechos civiles de 1964. En Sudáfrica, el principio de desarrollo separado de las razas, conocido como la política del apartheid, vigente hasta 1990, se remonta a la primera planificación de las ciudades por parte de los colonizadores ingleses, que sistematizaron la separación física entre los barrios blancos y los municipios negros o barrios de color. Hoy en día, la segregación social suele ser más el resultado de prácticas efectivas y recurrentes que de disposiciones reglamentarias. Consiste en la formación de grupos de personas que mantienen entre sí relaciones más o menos exclusivas, en función de diversos criterios. En las ciudades, esta segregación social –que en las sociedades democráticas se manifiesta cada vez menos mediante signos externos en las personas- suele agravarse a menudo por una segregación espacial que la pone en evidencia y, algunas veces, la refuerza. Se distingue entre la segregación por elección (que tiende a formar “guetos ricos”, a veces también guetos con motivos étnicos) y la segregación impuesta, o relegación espacial, que pretende excluir y agrupar a poblaciones que no pueden elegir su lugar de residencia, porque son menos favorecidas o están menos integradas.
Las distribuciones espaciales relativamente exclusivas de ciertos grupos sociales se basan en criterios de ingresos o pertenencia étnica, religiosa o cultural, y conducen a diferenciar barrios urbanos con perfiles netamente contrastados. Los índices de segregación permiten medir en ellos su intensidad y evolución. Estudiados ya en la década de 1920 por los sociólogos de la Escuela de Chicago, quienes fundaron así la ecología urbana (textos reeditados en francés por Y. Grafmeyer e I. Joseph en la editorial Champ Urbain en 1982), estos procesos recién fueron verdaderamente analizados por las ciencias sociales en Francia a partir de las décadas de 1960 y 1970, a pesar de los trabajos pioneros de sociólogos como Maurice Halbwachs a comienzos del siglo XX, o de Paul-Henry Chombart de Lauwe en la década de 1950, o incluso del estudio muy detallado del geógrafo Marcel Roncayolo sobre Marsella en 1952. La expresión “segregación social” aparece en la introducción de Pierre George a una obra colectiva (Études sur la banlieue de Paris [Estudios sobre el suburbio de París], A. Colin, 1952), quien la vincula con las nuevas formas de relaciones sociales surgidas de la industrialización y la especulación inmobiliaria. De este modo, a partir de la simple constatación de una diferenciación en la composición social de los barrios, la segregación se analiza de manera crítica, basándose en obras con títulos significativos, como las del geógrafo David Harvey (Social Justice and the city [La justicia social y la ciudad], 1973) y los sociólogos Henri Lefebvre (Le droit à la ville [El derecho a la ciudad], 1972) y Manuel Castells (La cuestión urbana, Maspero, 1972). Tanto los modelos de la geografía cuantitativa anglosajona como las categorías de la sociología urbana marxista se utilizan en los trabajos de geografía social que miden y explican la segregación urbana a la luz de las relaciones entre clases sociales: la segregación o división social del espacio urbano refleja la división social del trabajo. Los suburbios y los grandes conjuntos urbanos, en particular, han sido objeto de investigaciones exhaustivas. La segregación, evaluada con mayor frecuencia en función de la localización y las estrategias residenciales, también se ha estudiado en la medida en que genera desigualdades en el acceso a los servicios, en particular por M. Pinçon, E. Préteceille y P. Rendu (Ségrégation urbaine, Anthropos, 1986), pero mucho menos a partir de las prácticas y representaciones del espacio. Si bien la cuestión del vínculo entre la segregación espacial y la segregación social es objeto de debate entre los investigadores (Jacques Brun y Catherine Rhein, La ségrégation dans la ville [La segregación en la ciudad], L’Harmattan, 1994), se afirma la aparición, en la escena política, de un concepto que, en particular a partir del Décimo Plan, ha adquirido un significado de exclusión social, en los argumentos de las políticas urbanas, hasta tal punto que la Ley de Orientación para la Ciudad de 1992 podría haberse denominado “ley antigueto”.
La separación de los grupos sociales en el espacio urbano se observa principalmente en función del lugar de residencia de la población y, con menor frecuencia, de acuerdo con los lugares que frecuenta. La segregación residencial adopta distintas formas de organización espacial según afecte a poblaciones diferenciadas por criterios socioeconómicos, étnicos o demográficos. La segregación socioeconómica posee estructuras fuertes y estables que siguen los gradientes de los precios del suelo y de los inmuebles urbanos. El modelo general observable en las aglomeraciones más grandes es concéntrico y está deformado por contrastes entre los sectores ricos y los sectores pobres, como lo había observado Hoyt desde 1939 en Chicago, y como se observa, por ejemplo, en París o en Londres según las diferencias de ingresos y estatus social de los residentes, más elevados en el oeste que en el este de las aglomeraciones. (Esta disposición no se debe al clima, puesto que, en Bruselas, los barrios ricos se sitúan más bien al este). Las estrategias para reforzar la apropiación exclusiva de los barrios de clase alta, incluso en los espacios públicos, han sido analizadas exhaustivamente por Monique Pinçon-Charlot y Michel Pinçon (Dans les beaux quartiers, [En los barrios ricos]). En ciudades de menor tamaño (por ejemplo, en Francia, Lyon o Marsella), la segregación espacial entre ricos y pobres puede ser igualmente acentuada, pero el modelo de configuración espacial es menos nítido, ya que los barrios elegidos por las poblaciones con ingresos elevados no se seleccionaron tanto por razones de accesibilidad general como por los servicios del sitio, como colinas o meandros de ríos que ofrecen condiciones de vida consideradas más deseables. Las distribuciones se invierten parcialmente entre las ciudades europeas, donde el centro de la ciudad suele ser valorado como lugar de residencia por las poblaciones acomodadas, y América del Norte, donde las localizaciones periféricas, en los suburbios o las “edge cities” [ciudades satélites] (o incluso en las gated communities o comunidades cerradas) atraen más a personas con altos ingresos. La segregación demográfica se refiere a la composición por edades de los barrios y la composición de los hogares. El modelo general sigue de cerca la distribución del tamaño de las viviendas; está formado por zonas concéntricas, y tiende a contrastar las zonas centrales, con una población de mayor edad media y donde predominan los hogares unipersonales, y las zonas periféricas, con una población más joven, que incluye familias cada vez más numerosas en los suburbios. Esta disposición se observa de manera significativa en las ciudades francesas, incluso en las de tamaño mediano. La dimensión étnica es aún mucho más pronunciada en Estados Unidos que en Europa. Los modelos de distribución espacial son muy variados, ya que las áreas asignadas a poblaciones extranjeras, frecuentemente entre las más pobres -cuando se trata de inmigrantes recientes- son espacios de marginación: ya sea en barrios de viviendas deterioradas próximas a las zonas centrales, como ocurre con mayor frecuencia en las ciudades antiguas de América del Norte, ya sea en barrios de grandes conjuntos residenciales devaluados y situados en zonas periurbanas poco accesibles, como en los suburbios parisinos. Desde muy temprano se idearon modelos para simular el proceso de segregación: ya en 1965, Richard Morrill aplicó de este modo el método de Monte Carlo de Hägerstrand para reproducir la expansión del gueto negro de Seattle, según un proceso de invasión similar a los descritos por los sociólogos de la Escuela de Chicago. El modelo de Schelling (1978, Micromotives and macrobehavior [Micromotivos y macrocomportamientos]) se basa en la hipótesis de que las preferencias individuales determinan la segregación urbana. Él utiliza un mecanismo de autómata celular para demostrar cómo una preferencia de los individuos, incluso leve (del orden de 35 %) de vecinos de una categoría semejante a la suya, tiene grandes posibilidades de conducir a la formación de barrios urbanos homogéneos y a una segregación casi total de la población de la ciudad. Este modelo muestra cómo algunas fluctuaciones locales dan lugar a una estructura estable, no planificada, a la escala de toda la ciudad. Contrariamente a lo que afirman algunas veces ciertos especialistas de sociofísica, este modelo no explica la segregación urbana. La explicación de la segregación no es física; sino social e institucional. Aunque nos conformemos con una explicación individualista, basada en las “preferencias”, éstas se alimentan del sentimiento de inseguridad asociado con el otro, con la diferencia, y esta “preferencia” siempre tiene su origen y se refuerza con las representaciones colectivas. Con frecuencia, las disposiciones legales se encuentran en el origen de dichas segregaciones, y contribuyen a mantenerlas.
Denise Pumain

